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sábado, 24 de junio de 2017

Valladolid


El jueves di un concierto en el Museo Nacional de Escultura para celebrar el 70 cumpleaños de Fernando Colina.

 Con Fernando Colina

Con María Teresa Fernández de la Vega


Obras de Teresa CATALÁN, Juan Eduardo CIRLOT, Delfín COLOMÉ, Alexandre DELGADO, Carme FERNÁNDEZ-VIDAL , Francisco GARCÍA ÁLVAREZ , Agustín GONZÁLEZ ACILU, Armand GRÈBOL, Edward IVORY, Faidros KAVALLARIS, György KURTÁG, Ricardo LAMOTE DE GRIGNON, Friedrich NIETZSCHE, Richard ROBBINS, Clotilde ROSA y Mateo SOTO. 

jueves, 22 de septiembre de 2011

Recital de Álvaro

Esta mañana, mi hermano Álvaro ha dado un magnífico recital en el Servicio de Psiquiatría del Hospital Río Hortega de Valladolid, dentro de las actividades que se desarrollan para estos enfermos, que han escuchado con un respeto y atención no común en muchas salas de conciertos.


Y, por supuesto, siempre es una gran suerte conversar con Fernando Colina, que aparece junto a Álvaro en esta imagen tomada tras el recital.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Un año

Primer cumpleaños de Las palabras del agua, que comenzó con un texto sobre De locos, dioses, deseos y costumbres, el último libro de Fernando Colina, que previamente se publicó en El Norte de Castilla. Desde entonces el blog ha ido dando forma a la estructura de cada texto, imponiendo su formato y lo que en él, a mi juicio, tiene cabida.
Algunos amigos me preguntaron si iba a mantener las características de mis diarios. Les respondí que no. Estos doce meses han servido para demostrarlo. Estas palabras del agua -como en el epitafio de William Blake- son el comentario de un amigo a otro, una pequeña confidencia o, en ocasiones, simplemente un guiño cómplice.
Ese es mi deseo y espero que, aunque sea en pequeña medida, se haya cumplido.
Gracias por haber convertido este espacio personal en un lugar de todos. Muchas gracias.

sábado, 21 de abril de 2007

Mozart-Schubert

Se han destacado ciertos paralelismos entre Wolfgang Amadeus Mozart y Franz Schubert, más vitales que biográficos, en sentido estricto. La vida de ambos fue breve y milagrosamente fecunda, aunque los aspectos cotidianos y la proyección en su tiempo se llenan de diferencias. Lo que resulta indudable es que el recorrido entre la producción de Mozart y la de Schubert configura un arco definido: un modo de comprender la música, de una plenitud estética ligada a una forma que consigue desbordarse por un talento y una frescura excepcionales. Ese singular sentido de equilibrio trascendente característico de un clasicismo que se resiste a la mera circunscripción cronológica, fundamentado en un ámbito lejano al que, en sucesivos errores, se la ha querido limitar.
Josep Soler describe a Mozart, en su libro La Música, de manera sintética: “juventud consciente”, que comparte con Schubert. Dos palabras que mezclan ética y estética, sin contener la menor apariencia de trivialidad, puesto que asoma, con una frecuencia importante, un mundo sobrecogedor que se ensancha en cada elemento compositivo, tensándose hasta zonas que Ludwig van Beethoven exploró con una densidad cada vez más espesa, pero que no está ausente en las páginas de Mozart y Schubert. Un paraíso que va desmoronándose en paralelo al discurrir de la sociedad y el pensamiento de la época. Los dos autores se enlazan, con el nexo común de Beethoven, que inició su carrera cuando Mozart vivía, y falleció sólo un año antes que Schubert.
Las obras que hoy escuchamos pertenecen a dos ciclos esenciales de la música: los conciertos para piano y orquesta de Mozart y las sinfonías de Schubert. Tanto el Concierto KV 595 como la Sinfonía nº 9, conocida como “La Grande” (Robert Schumann decía “divina longitud”) están entre las piezas más características de estas series. No pueden resumir las asombrosas trayectorias de Mozart y Schubert, pero sí darnos la medida de una genialidad auténtica e irrepetible. Las valoramos como obras de madurez, ya que fueron compuestas al final de la vida de sus respectivos autores. No obstante, debemos recordar que actualmente se denomina “jóvenes compositores” a los que tienen esa edad. Pese a que no lleguen a su prodigiosa juventud consciente, optimista y profunda, espontánea y perfecta, dolorosa y ágil.

(Notas al programa para un concierto de Christian Zacharias y la Orquesta Sinfónica de Göteborg)

lunes, 26 de marzo de 2007

La crónica de Colina


Acaba de publicarse un nuevo libro de Fernando Colina, De locos, dioses, deseos y costumbres: setenta de los artículos que ha escrito para El Norte de Castilla, en una magnífica edición de El Pasaje de las Letras.
Hay estudios sociológicos y periodísticos que definen las razones por las que son más o menos leídos los artículos publicados en la prensa escrita. En una visión general y prototípica, se suceden los saltos de un titular a otro, hasta que un impulso de diverso carácter, pero centrado en el tema del texto, provoca su lectura.
Lo contrario tiene lugar cuando el lector busca al articulista, independientemente del tema que aborde. Muchos comenzamos el sábado buscando a Colina en las páginas de El Norte de Castilla. Rodeado por comentarios a esa realidad que, saturada de su propia representación, se convierte en sucedáneo de sí misma, encontramos un estallido de lucidez en su esperada crónica del manicomio.
Colina escribe sobre cuestiones esenciales. Por ello, cuando hemos olvidado la mayoría de los artículos referidos a una actualidad casi ficticia, al menos en la importancia que se le atribuye, sus palabras siguen apareciendo, a modo de grito o de susurro, a lo largo de la semana, hasta que llega el sábado y lo enlazamos al siguiente, igual que hacemos con el deseo, si es que estamos sanos.
En el prólogo, Fernando Colina afirma que “el artículo de prensa está destinado a su desaparición y a ser sustituido en veinticuatro horas por otro que pronto caerá también en el olvido”. Por esta causa, él mismo considera que “la mayor trampa en la que puede caer un autor vivo es recopilar sus artículos periodísticos”.
Para Fernando Savater, un libro de artículos tiene sentido si cada artículo se ha escrito previamente con el propósito de ser parte de un libro. Ignoro si Colina tuvo en algún momento la intención de reunirlos pero, de no ser así, ha conseguido un resultado idéntico. Es más, la lectura continuada de estos artículos, convenientemente ordenados y divididos en cuatro secciones –locos, dioses, deseos y costumbres-, nos da una perspectiva diferente a la ofrecida por cada uno de ellos más la semana que los separa. Como en la obra artística, el todo, una vez más, no es igual a la suma de las partes. Acumulaciones, recurrencias y contradicciones se manifiestan con una tensión mucho mayor al estar cosidos en un mismo tomo.
Hay palabras que aparecen una y otra vez en estos artículos. Algunas de ellas están en los títulos de otros libros de Fernando Colina: cinismo, delirio, desconfianza, deseo, tiempo. El tiempo, las palabras y el deseo, atraviesan esta obra, marcada por el rigor y la belleza, pero lejos del arrogante positivismo actual que el autor cuestiona tanto como cualquier otra creencia ciega, insuficiente y, en último término, destructiva.
Leo todo aquello que Fernando Colina escribe. Le admiro y respeto profundamente: estoy convencido de que es uno de los intelectuales más importantes de nuestro país, y responde a una idea de Carlos Castilla del Pino según la cual un maestro lo es independientemente de lo que enseñe.

(El Norte de Castilla)