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miércoles, 16 de enero de 2019

En memoria de Katy

La primera palabra que mi hijo pronunció no fue mamá o papá. La primera palabra fue Katy. Es una anécdota que permite imaginar lo que la hermana menor de mi madre significaba para nosotros. El dolor inmenso de su muerte. 
Se afirma con frecuencia que los seres humanos nacemos y morimos solos. En buena parte de los casos no es cierto. Nacemos y morimos en el amor de una familia. Katy nació entre los besos y las caricias de sus padres y hermanos y acaba de morir rodeada del amor de esa familia que ha crecido junto a la que ha formado con Juan Luis. 
Todos hablan de su sonrisa. Esa voluntad de ser amable, tan necesaria en un mundo que presume de lo contrario. 
Veo su nombre en una esquela. Llegan las flores y los rezos. Recuerdo a Katy tocando el acordeón en la casa de mi abuela. Recuerdo a Katy bailando con Juan en las noches de junio. Recuerdo a Pablo en la cuna diciendo "Caqui, Caqui", mientras ella repetía "le como, eh, le como la vida". Recuerdo las lágrimas de Katy cuando yo tocaba música de mi abuelo. Recuerdo sus manos mientras abrazaba a Jonathan y a Israel. Recuerdo su brazo entre el brazo de mi madre. Recuerdo sus ojos cuando murió mi padre. 
Siempre estará en nuestra vida porque, tal como escribió Francisco Pino, nunca se dice adiós cuando se ama.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Mi abuela Amparo


Esta presencia de la enfermedad y la muerte de personas queridas va llenando de sombra los últimos meses. El dolor de sentir cómo sus vidas se despegan del tiempo.
Mi madre me enseña esta fotografía. Es mi abuela Amparo. Murió hace casi catorce años. Era alegre y valiente como yo nunca lo he sido. 
Hoy, víspera de Castilviejo, la imagino yendo a la ermita con el rostro de esa joven que da luz a la cámara. Y a mi vida.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Mi abuela Amparo

Hoy hace diez años que murió mi abuela Amparo. Puede que a ella no le gustase esta foto y casi la escucho quejarse: habría ido a la peluquería de haberlo sabido... A mí me gusta por el gesto de compartir las pipas, por esa sensación de movimiento que la trae ahora hasta aquí. El gesto tan repetido de hacer la vida más sencilla a los demás, de transformar el mundo en un lugar no sólo habitable sino hermoso.
Ella ha sido una de las personas más importantes de mi vida. Lo sigue siendo. Me enseñó cuestiones esenciales que descubro cada día, después de tantos años. Y, sobre todo, hizo lo más importante que un ser humano puede hacer a otro: me quiso muchísimo. 
Y yo a ella.


martes, 5 de mayo de 2009

Feria del Libro de Valladolid


Ayer tuve la gran satisfacción de presentar la última obra de Félix-Antonio González junto al propio autor y Javier León de la Riva, alcalde de Valladolid, dentro de la presente edición de la Feria del Libro. En él se recogen doscientos artículos, publicados previamente en El Norte de Castilla, su casa, como él mismo dice, un diario en el que lo ha sido todo, incluso director y uno de sus principales referentes. Félix ha escrito miles de artículos, miles de crónicas, de reportajes. Recuerdo una portada de El Norte de Castilla, desteñida por el tiempo en el desván de mi abuela Amparo. En ella, cuatro firmas: Jorge Guillén, Francisco de Cossío, Miguel Delibes y Félix-Antonio González. Una portada para enmarcar como ejemplo de cualquier reflexión sobre literatura y periodismo.
Dice Félix que "hay que llorar cada muerte, indignarse ante cada injusticia, como si fueran las primeras del mundo". Ese modo de entender su profesión, de que la ética jamás sucumba a la costumbre de despreciarla, es toda una declaración de intenciones.


El origen de mi amistad con Félix tiene el sello de su padre, de mi búsqueda de partituras de ese inolvidable artista, por desgracia poco interpretado. Y ahí encontré la devoción de Félix por quien no sólo le dio la vida, sino que se la llenó, de un hombre que se convirtió en un modelo de conducta por su inquebrantable fidelidad a unos principios tan necesarios antes como ahora. El compositor Félix-Antonio ha estado presente en cada uno de los días de su hijo. Su presencia alienta las páginas de este nuevo libro, como un esfuerzo por hacer justicia, por rescatar del olvido a quien nunca debió habitarlo. Ese amor compartido es una de las claves de nuestra amistad y nuestro mutuo entendimiento.


Ha escrito Elías Canetti que "de cada daño que sufren los que amamos brota un mar de ternura". Podría ser un hermoso resumen de este libro. Porque en él hay un claro punto de vista sobre el mundo, un lugar desde donde parte la lúcida mirada de su autor. Y esa mirada nace, en numerosas ocasiones, de una reacción frente al dolor, de una reacción que no resulta rencorosa sino, más bien, amable, cálida, como ese mar de ternura que menciona Canetti.
Un mar que Félix-Antonio González, con su inseparable y maravillosa Carmen, nos ofrece como un regalo que añadir a los muchos que hemos recibido de su generosidad, de una escritura porosa, como recién mojada por ese mar de ternura.