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martes, 12 de mayo de 2020

Antonio Novo

Antonio Novo era un hombre extraordinariamente versátil: la música, la fotografía, los relojes y un largo etcétera en el que destacan los maravillosos pasteles de Marina. Fue un gran deportista, practicó el atletismo y el ciclismo, y he escuchado relatos magníficos a quienes tuvieron la suerte de verle jugar al fútbol como portero. 
Toto, de mayor, estaba muy delgado. Algunos amigos que me veían pasear siempre con él se asombraban de esas capacidades, decían que con esa constitución física no podía ser posible. Entonces yo sacaba, de una vieja cartera, esta imagen que hoy he encontrado entre unos libros.


jueves, 5 de abril de 2018

Mirando a Toto

Antonio Novo me hizo miles de fotografías. No exagero: miles. Pronunciaba mi nombre y le miraba. La mayor parte de las veces tenía una de sus cámaras en las manos. En esta imagen que acabo de encontrar estoy mirando a Toto. Cuánto le echo de menos. 


sábado, 25 de febrero de 2017

Antonio Novo y mi abuelo Pablo

Silvia, la hija de mi querido Antonio Novo (1910-1994), me ha regalado fotografías en las que aparece su padre y, también, mi abuelo, Pablo Magdaleno (1917-1975). 
Ha sido muy emocionante para mí. Por eso comparto algunas de esas imágenes que ensanchan la memoria y el afecto.

Mi abuelo Pablo

Mi abuelo Pablo y Antonio Novo 

 Antonio Novo y su amigo Guillermo

 Antonio Novo y mi abuelo Pablo con varios amigos


miércoles, 9 de junio de 2010

Toto

Cuando vi a Néstor Novo en la puerta, con una bandeja de pasteles, lo recordé: su padre -mi amigo Antonio, mi querido Toto- habría cumplido cien años.
Era un hombre bondadoso hasta el extremo, capaz de un desprendimiento material que le hacía único e invulnerable. Junto a Toto pasé casi toda mi adolescencia, feliz al disfrutar de su admirable ejemplo, de una sabiduría que llenaba cada hora de sorpresas, de misterios desvelados: la plenitud de un ser irrepetible.
Cuando Toto murió, Néstor puso junto a él una bolsa con objetos que fueron muy importantes en su vida. Además, algunas fotos. En una de ellas, Toto y yo mirábamos a la cámara.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Antonio Novo

En Medina de Rioseco hay muchos lugares llenos de belleza. No voy a referirme a los más conocidos. En este momento, mi recuerdo se concentra en un espacio al que dotaba de vida un hombre inteligente y bueno: Antonio Novo. En la calle Mayor, su casa: un inolvidable recinto en el que pasé buena parte de mi adolescencia.
Tras cruzar unas habitaciones se llegaba a lo que Toto definía como “sus dominios”. La primera vez que entré, pude sentir lo mismo que un aventurero ante un tesoro inesperado; esa belleza perdida, como una luz lejana en la memoria: instrumentos musicales, partituras, relojes, fotografías, cuadros, dibujos y todo tipo de herramientas. Tenía multitud de cámaras fotográficas, y en el cuarto de revelado hablábamos mientras las imágenes tomaban forma en la humedad del papel. En la planta baja, junto a un órgano construido por su hijo mayor, tocaba el violín y yo el piano. Bach y Schubert, sobre todo.
Nos separaban muchos años, más de medio siglo, pero la amistad es ajena a cualquier cronología. Sin embargo, como consecuencia de esa distancia, me hizo querer a familiares míos a los que no conocí. Estudió música con mi bisabuelo Toribio y fue amigo de sus hijos, entre ellos Pablo, mi abuelo. Toto los evocaba con su voz grave, inconfundible, en contraste con su cuerpo, muy delgado en los últimos años. Era un ejemplo de afabilidad, de la humilde comprensión que entiende la convivencia con auténtica sabiduría.
Nunca podré agradecerle todo lo que me enseñó. A mí y a cuantas personas tuvieron la fortuna de conocerle.