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domingo, 27 de septiembre de 2015

Decir adiós a María Luisa

Hace unos meses murió Isabel Guerras y ahora, con la llegada del otoño, el fallecimiento de María Luisa Velasco crea un nuevo vacío que la memoria insiste en rellenar: la memoria busca palabras para sostener un silencio que lo invade todo; palabras, en definitiva, que no dicen nunca adiós, sino que desean mantener la vida en el propio nombrar. Por eso, cuando intentamos decir adiós a María Luisa, esa lluvia de palabras nos trae colores, rostros y lugares unidos a ella y de los que siempre formará parte. Me resulta imposible imaginar el conservatorio de aquellos años sin el inconfundible timbre de su voz resonando en el aula con una vitalidad extraordinaria y ese espíritu pleno de amor por la música, reconocible en sus constantes recomendaciones de libros, grabaciones y, por encima de todo, de la insustituible experiencia del concierto. Varios amigos se han referido a la constante presencia de María Luisa en recitales y representaciones operísticas, que la llevaban a multitud de viajes, desde los principales teatros europeos hasta la más escondida ermita en la que fuese a sonar un instrumento. Sabía que la belleza aparece, convocada por la música, en instantes y espacios siempre imprevisibles. 
En el conservatorio nos transmitía su pasión por el órgano y esas maravillosas músicas compuestas por Aguilera de Heredia, Correa, Bruna y muchos otros que nos acompañan junto a ella, al lado de quienes fuimos amigos, compañeros, alumnos… 
La muerte de María Luisa me ha hecho sentir de nuevo lo perfecto que era el mundo en mis años de estudiante, cuando entraba en su aula con los apuntes, el libro de transporte y una partitura de Schubert, al que adoraba tanto como a Wagner. Todo estaba en su sitio. El presente, hoy, está poblado de ausencias, de manos y de voces que nos faltan. Pero a veces las sentimos en nosotros, como esos años en los que la música de Schubert nos llenaba de una luz que vuelve con la intensidad de lo perdido. 

Artículo publicado hoy en El Norte de Castilla

miércoles, 13 de mayo de 2015

Homenaje musical al silencio

Pedro Aizpurua cumple hoy 91 años. Pedro ha sido un insustituible maestro y amigo desde el día en el que, siendo yo niño, me senté a su lado mientras tocaba el órgano y leí por primera vez nombres mágicos como los de Antonio de Cabezón o Francisco Correa de Arauxo. He tenido multitud de conversaciones con él, sin límite de temas ni de tiempo. 
Cuando estrenamos este Homenaje hubo en el escenario cuadros de Jesús Capa, otro gran amigo, también muy importante para mí. Su obra y la de Pedro se unen en esa búsqueda del silencio y la belleza. Una búsqueda que en este vídeo se siente con una emocionante profundidad.

domingo, 28 de abril de 2013

Música para Gabriel


Aunque convivan a lo largo de muchos años con nosotros, hay personas que se hacen indisociables a una etapa precisa de la vida y resulta casi imposible construir su narración lejos de su presencia determinante.
Gabriel Pellitero se encontraba muy enfermo. Tanto que sentíamos la inminencia de su muerte, de esa despedida que transforma el mundo del que formábamos parte: el final del mundo, en palabras de Jacques Derrida, “como totalidad única, por lo tanto irremplazable y por lo tanto infinita”.
Recorro mi infancia y juventud, el color del verano sobre las eras y los parques de Medina de Rioseco que enmarcaban los juegos en un tiempo sin orillas. Si queremos saber quiénes estaban allí o no, basta con evocarlos y comprobar si su recuerdo proyecta esa luz idéntica, recién nacida siempre, inalterable.
Don Gabriel fue párroco de Rioseco durante más de medio siglo. Suficiente para ser testigo de toda felicidad y de toda tristeza. Ofició la boda de mi padre en 1970 y su funeral en 2005. En el mismo lugar de Santa María, la iglesia en cuyo órgano descubrí la inagotable hermosura de las músicas compuestas por Cabezón, Correa o Cabanilles. Las escucho ahora, mientras se alejan los ruidos de lo prescindible y sólo permanece esa armonía que desearíamos traer hasta nosotros y habitar en ella.
Conservo la imagen de don Gabriel en su despacho, rodeado de libros que suscitaban mi atrevida curiosidad: colocados juntos los que servían como registro de nacimientos y los que consignaban las defunciones. Entre esos volúmenes latían las serenas fuentes y las verdes praderas que él me mostraba en los Salmos.
Y hacia ellas caminó firme y seguro: convencido de que iba a disfrutarlas eternamente.

(Publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 28 de abril de 2013)