Antes de salir, volvió a leer unas palabras
escritas para la presentación del libro de un amigo: cada día de nuestra vida
tiene una luz que viene del pasado. Buscaba esa luz, no la sentida por Fray
Luis de León al escuchar a Francisco de Salinas en su maravillosa oda, sino una
luz madura y diferente: la luz usada que envuelve la memoria de los ojos y empuja
hasta este mismo instante aquellas emociones que se daban por perdidas o, más
aún, de las que no había el menor rastro consciente, y traen aromas y paisajes
olvidados.
En los días de Navidad recorría las calles de
Medina de Rioseco y notaba la ternura de esa luz interior posándose en las
palabras y en la piedra, en los cercanos campos y en los cuerpos. Pensó que,
por mucho que viviera, moriría muy ponto; que la ambición y el miedo son
máscaras para ocultar la soledad y la intemperie de la muerte; que la ruindad y
la injusticia no pueden convertir en llanto y miseria, en dolor y desprecio, la
ayuda entre esas vidas que se encuentran y caminan hacia la penumbra de un final
visible desde siempre.
Y por ello le asombraba que esa transformación
sufrida por las personas durante la Navidad no fuera permanente; que el delirio
fuera la expresión de un espíritu fraterno, cuando el delirio era, al menos
para él, la certeza de un feroz egoísmo que se pretendía infinito e
incuestionable. En Navidad podía manifestarlo sin parecer ingenuo, aunque con
ese agotamiento que nombraba Pessoa: “cansa sentir cuando se piensa”. Cualquier
rincón de Medina de Rioseco, por irrelevante que pareciese, despertaba un
recuerdo en él: esa voz escondida que señala el espacio donde descansa todo lo
que no ha muerto pero ya se ha perdido.
(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 6 de enero de 2013)


















