Mostrando entradas con la etiqueta Razón y desencanto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Razón y desencanto. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de julio de 2010

El nudo de la pérdida

La revista Cuadernos del matemático publica una preciosa reseña de Luis-Ángel Lobato a mi segundo libro de diarios:

En abril de 2005, el músico y escritor nacido en Medina de Rioseco (Valladolid) Diego Fernández Magdaleno nos sobresaltó con la publicación de su diario, corres­pondiente al año 2004, El tiempo incinerado. Ahora, de la mano de la misma editorial, que con tanto acierto y delicadeza dirige el querido poeta y editor Luis Felipe Comendador, aparece Razón y desencanto, nuevo diario que abarca los años 2005 y 2006.
La raíz última de este diario —del que comentaré tres o cuatro ideas que me obsesionan, dejando para los lectores la trama— es la necesidad de ser escrito. En esa urgencia está su finalidad. Se trata de un libro obligato­rio, ya que supone un ajuste de cuentas del autor con el entorno, el suyo propio y el de los seres queridos con los que convive. Más aún; con el mundo en el que habita, que adquiere trascendencia porque subsiste algo que llamamos música, pintura o literatura; también hospi­tales, dolor y enfermedad; incluso los rescoldos de una pasada placidez.
En marzo de 2005 muere Diego Fernández Piera, su padre, uno de los hombres más dignos que yo he cono­cido, quien sabiendo de su propia enfermedad, nunca le faltó un gesto de ánimo hacia mí, hacia mis futuros ver­sos. Esa misma dignidad es la que recorre todo el libro de su hijo Diego; también el apremio imposible de recupe­rarlo: "Renunciaría a tener hijos si con ello lograra que él estuviera aquí. Sin duda. No hay compensaciones entre seres humanos". Es entonces cuando la misma realidad se desvanece y se afinca el nudo silencioso de la pérdida, que deambula entre habitaciones y corrales, a través del reflejo de las calles y ensombreciendo rostros asustados. Yo, como lector -y mi amistad con Diego se cuenta por decenios—, quedo atrapado y admirado por el her­videro de lecturas, citas y nombres que convergen, sin piedad para la ignorancia, en las páginas de su libro. Y se lo agradezco: no lo hace para recrearse en su cultura enciclopédica, sino que esos autores, poemas y partituras remarcan la desolación de su circunstancia y él los con­vierte en supervivencia, en esa entereza que luego, con generosidad, comparte con los amigos.
Después de dos intensas lecturas, diría que estarnos ante un libro sobre interrogantes, sobre ciertas incógni­tas de la vida y de un hábitat que late, al fondo de los días, como una locomotora incansable: el porqué de la muerte y del vacío que nos penetra tras su retirada, del inhumano orden de la Historia, de la oligarquía de dos partidos políticos —esto es cosecha mía, pero imagino que Diego me lo aceptará- o de un sistema educativo que ningunea a genios como T. S. Eliot, Richard Estes o Arnold Schönberg.
Transcurren los meses y las aguas negras del tiempo no sepultan —nunca lo harán- las ruinas del dolor y hacen absurdos e insoportables los acontecimientos que otros se toman —con alegría— a vida o muerte: demostrar ser más de izquierdas que los demás, creerse en posesión de las claves de la economía de occidente o aparecer orgulloso con un horrendo relato en una recopilación sin ni siquiera haber participado en el certamen. Pero no siempre esto sucede; a veces se congela el desconsuelo, durante un par de horas, en momentos íntimos y senci­llos: el café con unos compañeros, las charlas informales sobre cine o literatura, los encuentros imprevistos en una librería, los viajes familiares, los conciertos...
El sábado, 2 de septiembre de 2006, nace Pablo, el hijo de Diego, el nieto de su padre Diego. Ante el ama­necer de otra vida, quizás con una nueva música en los ojos, nuestro autor, artífice también de un brutal y pre­monitorio poemario que le persigue por la sangre, titula­do Libro del miedo, escribe el 31 de diciembre de 2006: "Mi padre. Esta imagen que sueña con dejar el invierno suspendido en la luz". Y así, sin concesiones, concluye, como una losa en el cerebro, este duro y milagroso diario.

lunes, 27 de abril de 2009

Razón y desencanto

Mi querida Isabel Huete ha escrito en su blog sobre Razón y desencanto:

Hace algunos días acabé de leer este delicioso libro de Diego Fernández Magdaleno. El título me enamoró desde el primer momento, cuando lo anunció en su blog y tuve claro que no me lo podía perder, de igual manera que cuando anunció su ¿penúltimo? concierto en Madrid, del que ya hablé en esta bitácora, y pude disfrutar como una enana de su interpretación al piano, quizá el instrumento musical que más me gusta y hubiese querido saber tocar desde mi juventud, pero me tuve que conformar con una guitarra porque en casa no había dinero para más pero, claro, al no ser lo que yo quería, rasgueé alguna vez sus cuerdas y después me olvidé de ella. También me hubiese querido convertir en escritora pero cuando me di cuenta de que tampoco llegaría a nada con ello, me dediqué a consolarme leyendo cuanto libro cayó en mis manos, lo cual sigo haciendo ahora cuando el tiempo me lo permite. Y entre esos libros me alegro que se encuentre el de Diego. Es curioso que a medida que lo iba leyendo algo me iba rondando la cabeza, algo que no sabía definir con claridad, algo que de alguna manera me "hablaba" y no sólo surgía de las palabras escritas sino que iba más allá. Fue al terminarlo cuando se mostró ese algo de forma rotunda: el libro de Diego me recordaba a una composición sinfónica para piano, no a una en especial sino a una muy particular en la que cada nueva entrada de su diario -porque de un diario se trata- se transformaba en la nota que iba construyendo las distintas partes de la sinfonía. Y esas partes son los tres años (2005-2006) por los que recorre sus días, días en los que siempre ocurre algo que deja su reflejo en el sentimiento, tal rico en matices, tan racional-irracional a veces, tan alegre otras, tan demoledor incluso. Cada fecha, cada nota, es un breve reflejo de lo mejor del día, la sustancia en la que se condensa lo realmente importante, eso que ha merecido la pena ser vivido y recordado. Lo he dicho en otras ocasiones: me encanta escuchar música pero no entiendo nada de ella, ni de la clásica ni de la moderna ni de la contemporánea; tan sólo sé si algo me gusta, me es indiferente o me resulta horripilante. No me pasa igual con los libros porque después de haber leído durante tantos años algo he aprendido, aunque reconozco que no siempre me gustan más los mejor escritos ni menos los que su temática no resulta demasiado emocionante. No es el caso de Razón y desencanto porque no sólo está bien escrito sino que, además, sus palabras musicadas te secuestran el interés desde el primer momento, te enseñan lo que es la verdadera dignidad y eleva la sencillez a la categoría de autenticidad. Diego repasa los aconteceres con la naturalidad de quien sabe que cada instante es como una flor fresca a la que hay que permitir desarrollarse, respirar su aroma y dejar morir para que crezca otra en su lugar. Las vivencias se entrelazan de tal manera que nos lleva paso a paso a sumergirnos en la gran sinfonía de la vida. Hoy es una reflexión serena sobre un hecho, un sentimiento o una duda; mañana un encuentro inesperado con alguien a quien se admira, una comida con amigos,una actividad familiar o un concierto programado en cualquier ciudad de las muchas en las que ha tocado; pasado mañana el comentario sobre un libro, un autor, un músico, una película o un acontecimiento político; al siguiente día, y muchos otros, el recuerdo de su padre, muerto en fechas no muy lejanas pero vivo en el sentimiento, añorado e imposible de apartar con subterfugios inútiles (¡qué fácil me ha resultado ponerme en su lugar en esta cuestión tras la muerte de mi madre!). Y así se van desgranando las notas, no sé si de esta sinfonía o de este poema sinfónico que es el fluir de su existencia. Me gustaría que esta torpe reseña animara a otros/as a leerlo porque se trata de todos nosotros, de lo que nos pasa y de lo que trasciende, de la razón y del sentir, de la plenitud y del desencanto. Para mí, una gozada.

domingo, 1 de marzo de 2009

Dos amigas

Dos amigas a las que he conociso a través de Internet, son tan amables que me dedican sus respectivas entradas de hoy. Una, la compositora Dolores Serrano; otra, la escritora Cecilia Alameda.

Muchísimas gracias, queridas Lola y Cecilia. Muchísimas gracias.


Dos años con Diego. Cecilia Alameda.


Razón y desencanto es un conjunto de textos que Diego Fernández Magdaleno escribió , con una periodicidad casi diaria, entre enero de 2005 y diciembre de 2006. Cada fecha del calendario, con frases breves y rotundas, Diego plasmaba en su cuaderno (en su ordenador, tal vez) las ideas, emociones, certezas y dudas que iban surgiendo al hilo de los acontecimientos que marcaban su existencia, de sus lecturas, de sus tareas como concertista, estudioso del piano y docente.Empecé a leer el libro, considerándolo una muestra de amistad, en cuanto cayó en mis manos, la tarde del mes de febrero que Diego tocó en el Conservatorio de Madrid. A los pocos minutos me di cuenta de lo valioso que era el regalo que había recibido. De la calidad, la hondura y la sensibilidad con que estaban sus páginas escritas.
Diego trata de temas que le afectan o le preocupan: la creación artística, la historia, la actividad política, los comportamientos sociales, el transcurso del tiempo. Sus palabras invitan a la reflexión y suponen en algunos casos sorpresa y descubrimiento.
Transcribo algunos párrafos, aunque esta selección es muy subjetiva. Hay otros muchos que son tan interesantes, tan encomiables como éstos.


No hay más que leer las entrevistas de muchos "creadores" para constatar un clamoroso desconocimiento de cuanto les ha precedido: presumen de haber descubierto lo que lleva medio siglo en los libros de historia.


Asisto a un entierro que tiene lugar con setenta años de retraso. No entiendo las reacciones contrarias que provocan estos homenajes en sectores muy concretos: no veo por ninguna parte las oscuras intenciones que se les atribuyen. En el acto de hoy había emoción y dignidad ante unos hombres que se apilaban en una fosa común desde 1936. Si alguien se incomoda, que pregunte a su conciencia.


Ante una invitación para intervenir en la actividad política, a veces exigimos unas condiciones que, de cumplirse, harían innecesaria nuestra participación.


Demasiados incidentes de la vida cotidiana, menores pero desagradables, son fruto de la mala educación. La cortesía debe ser obligatoria.

La pérdida de su padre, arrebatado por una enfermedad cuando todavía era joven para irse, el dolor por su ausencia es casi una línea argumental en este diario de Diego. Surgen de la añoranza oraciones que suenan como versos de un poema breve, o quizás como proverbios en los que lo poético se mezcla con lo filosófico.

Leer la prensa en la habitación de un enfermo es descubrir la enorme banalidad que nos preocupa cuando no sufrimos.


Sé que mi padre ha muerto. Pero esa certeza, tan profundamente física, aún no forma parte de mi vida.


La noche trae palabras que la luz no comprende.

El libro termina poco después de un evento feliz, el nacimiento de Pablo y el descubrimiento de la paternidad por parte del pianista y narrador.


Cuando le di a Pablo su primer biberón, mi madre dijo "ya no podemos entender la vida sin él". Y llevábamos juntos sólo unas horas.


Buen ánimo para el trabajo. El niño anula gran parte de los fantasmas que me han hecho compañía, con variable intensidad, duante largo tiempo.

domingo, 11 de enero de 2009

Razón y desencanto


Vicente Torres ha publicado una excelente reseña de mi Razón y desencanto:


Es un diario personal, continuación de otro anterior titulado “El tiempo incinerado”, que ya fue comentado en su día en la prensa española, entre otros, por Alfonso Guerra, que también se hizo eco de “Libro del miedo”, obra poética del propio autor. Arranca el uno de enero de 2005 y termina el 31 de diciembre de 2006. Cuando comienza, su padre, Diego Fernández Piera, está enfermo de cáncer. El 28 de marzo de ese mismo año fallece. Pero está presente en todas, o casi todas las páginas del libro, y al final tiene su dedicatoria. En cierto modo, este libro es un homenaje hacia él. A ser padre no se aprende, dice. Es algo innato. Tal vez, la inmortalidad sea eso, o quizá el modo de llegar a ella: perdurar en la memoria de las gentes, y más que perdurar, merecerlo. Muchas de las anotaciones son breves, a veces de una simple línea. Y cuando son más largas, a menudo, se refieren a otras personas. Esas notas, breves o largas, permiten un conocimiento cabal del autor, hablan de su vida, de sus desvelos, de sus esperanzas. Pese al título, es un libro tremendamente optimista, puesto que Diego Fernández Magdaleno vive la vida con total intensidad. Son incontables los libros a los que se refiere a lo largo de sus páginas, así como su interés por lo que sucede en el mundo queda reflejado en su continuo contacto con casi todos los periódicos de España. No obstante este amor por la vida, ese optimismo casi genético, uno se imagina a este profesor de piano, brillante, inteligente, adicto a lo auténtico en todos los campos de la vida, paseando por entre la mediocridad circundante, y enseguida piensa en un velero en medio de una tempestad guiado por mano firme hacia un destino decidido de antemano y al que no piensa renunciar. No es fácil la vida para quienes, como él, pretenden regirse por principios éticos. Así, se duele de que Josep Soler tenga compuestas diecisiete óperas, sin que ninguna de ellas le fuera encargada por un organismo público, mientras que otros autores españoles han tenido asignada la fecha de estreno antes de que hubieran puesto la primera nota en el papel pautado. En otros lugares de ese libro se cuenta que Alfonso Guerra y Carmina Zapata le han tentado para que se dedique a la política. Pero lo que él piensa al respecto es esto: “Cuando lo pienso, me cuesta salir de una contradicción: mi indudable interés por una actividad que se enfrenta a una estructura jerarquizada, difícil de hacer compatible, en sentido estricto, con un criterio autónomo.”

sábado, 27 de diciembre de 2008

Razón y desencanto



Diego Fernández Magdaleno, pianista, académico de la Real de Bellas Artes, profesor en el Conservatorio de Valladolid, entusiasta divulgador de la música contemporánea y poeta, es también autor de varios libros, la mayoría biografías, a los que ha añadido otros incluidos en ese género inclasificable que está entre el diario y la crónica. El último, titulado Razón y desencanto, pertenece a ese grupo. Comienza el 1 de enero del 2005 y es una continuación o ampliación de otro anterior, El tiempo incinerado. Aparentemente son reflexiones cotidianas sobre lo que ocurre en el mundo, el lejano y el cercano, especialmente las catástrofes con sus secuelas de maldad gratuita; las lecturas, las películas, las gentes que se conocen, las noticias de los periódicos, los amigos reencontrados, y todo ello con la enfermedad del padre como angustioso telón de fondo. Sin embargo, es mucho más que eso, porque lo que el autor hace es expresar sentimientos ante lo profundo y lo banal, con un indiscutible sentido crítico, una sutil ironía y un hondo lirismo que florece aquí y allá para atrapar al lector en el laberinto de los días. Jornadas cimentadas en todo aquello que forma parte de lo normal, esperado o seguro con lo que se construye el equilibrio vital que se rompe con las sacudidas de lo inesperado. Así, a través de esas reflexiones, el lector asiste a un tiempo reencontrado, conservado en la memoria del escritor pero, al tiempo, por lo menos en parte, en la de cuantos vieron transcurrir esos 12 meses. «No vuela nada sobre el papel. Adherida a la tinta queda ya, para siempre, la ilusión que una vez te empujaba: hoy las páginas pesan como si quisieran abrazarse». Así concluye Magdaleno el 2005 para enlazar en el 2006 con el Libro del miedo, un poemario publicado precisamente ese año. Y siguen los encuentros, los conciertos, la alegría del nacimiento del hijo, los proyectos, el inevitable vacío por los que se fueron y el ritual diario. «Sostener la pequeña ruta dibujada en mi cuarto es, quizá, la vida».

domingo, 30 de noviembre de 2008

Mi sobrino Diego y mi nuevo libro

Mi sobrino Diego cumple un año. Como está en Andalucía, hemos comprado pasteles para celebrarlo, mientras le enviamos besos y felicidades.
Además, figura como terminado de imprimir hoy mi nuevo libro, Razón y desencanto, que se presentará el próximo día 20 de diciembre en el Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano de Valladolid. Tiene, por tanto, exactamente un año menos que mi sobrino...

miércoles, 7 de noviembre de 2007

David Lodge

El comportamiento de los periodistas más superficiales, junto al obsesivo y patético empeño de tantos escritores para transformar su imagen a través de los medios de comunicación, aparecen trazados por David Lodge en Trapos sucios, una novela despiadadamente irónica.
(Razón y desencanto)

martes, 25 de septiembre de 2007

Paralelismos y paradojas

Las conversaciones entre Daniel Barenboim y Edward W. Said, publicadas con el título de Paralelismos y paradojas, son una muestra de cómo se podría vivir en Oriente Próximo si tomaran como ejemplo la inteligencia y el valor de estos hombres, en lugar de la ciega deriva fundamentalista, que sólo acumula muerte y destrucción.
Música, política, literatura… se relacionan en este libro, que conserva la espontaneidad de un diálogo sobre temas esenciales en cualquier reflexión digna de ese nombre.
(Razón y desencanto)

lunes, 13 de agosto de 2007

Matilde Salvador

Le propongo a Matilde Salvador un repaso por su vida. Me habla de una hermana de su madre, Joaquina Segarra, a la que Enrique Granados escuchó mientras subía por una escalera y se esperó hasta la conclusión de la obra que estaba interpretando, para después invitarla a un recital colectivo, frecuentes en la época, y que iba a contar con la intervención del propio Granados. Matilde recuerda su trabajo con Josefina Segarra al mismo tiempo que incide en su prevención sobre lo que se entiende por enseñanza, que ella prefiere definir como “ayudar a aprender”, con los inevitables límites: “cada uno aprende lo que puede, no lo que quiere”.
El padre de Matilde -junto a Vicente Asencio y Abel Mus- fundó el Conservatorio de Castellón y ella fue la primera alumna del centro. Desde pequeña se inclinó por la composición. A su casa llegaba Asencio, amigo de su padre, y le escuchaba "verdaderamente embelesada". Sería su profesor y, finalmente, su marido. Matilde subraya las excepcionales dotes de Asencio para inducir un vívido interés por todo a cuantos se le acercaron. Ella lo resume: “Te despertaba”.
Sobre el piano de Matilde hoy dos fotografías: una de su marido y otra de Mompou, con una dedicatoria. Cuando la vio Carmen Bravo, se echó a llorar: Mompou había sufrido una parálisis que afectó a su mano derecha, y lo primero que hizo al mover la mano fue escribir esas palabras a Matilde.
La memoria está en auténtica ebullición, porque evocar es una especie de explosión dificultosa al inicio, pero que luego es imparable y desordenada al expandirse. Comienzan a surgir nombres: Joaquín Rodrigo, “un hombre de un talento muy especial, mordaz e ingenioso”. Cree que Rodrigo ha tenido cierta influencia sobre ella, pero menos que Mompou. También me describe la emoción que supuso el regreso de Rodolfo Halffter a Valencia, treinta y cinco años después de terminada la Guerra Civil, cuando fue para despedirse de los amigos de entonces. Y, naturalmente, habla con mucho cariño de Ernesto Halffter, que siempre le hizo observaciones muy interesantes y valoraba el singular acierto de Matilde para armonizar.
De Salvador Bacarisse alaba su bondad, su simpatía, aunque “no era tan músico como los Halffter”. Matilde se alojaba, en sus viajes a París, en la casa de Bacarisse, que le organizó un recital en Radio France, compuesto por canciones de Matilde que ella misma interpretó al piano, con Amparo Peris, la cantante que participó en el estreno del Retablo de Falla.
Joaquín Turina no le parece “de primerísima fila”, pero sí con una “personalidad y acento propio” que estima esenciales en el balance de un compositor.
Para terminar, me hace una de sus estupendas preguntas: “Oye, Diego, ¿por qué llaman música ligera a la que es tan pesada?”

lunes, 30 de julio de 2007

La barbarie de la ignorancia

Esta pregunta, que tanto me obsesiona y a la que se ha intentado siempre dar respuesta, surge también en el diálogo de George Steiner con Antoine Spire, publicado en La barbarie de la ignorancia: “¿por qué las humanidades, en el sentido más amplio de la palabra, por qué la razón de las ciencias no nos han dado protección alguna contra lo inhumano? ¿Por qué, efectivamente, como usted acaba de decir, es posible tocar Schubert por la noche y marchar por la mañana a cumplir con sus obligaciones en el campo de concentración? Ni la gran lectura, ni la música, ni el arte han podido impedir la barbarie total. Han llegado a ser el ornamento de esa barbarie, si hay que decirlo todo. A menudo han proporcionado un decorado, una fioritura, un hermoso marco para el horror. El señor Gieseking tocó Debussy –y de manera incomparable, parece- mientras se oían los gritos de quienes pasaban por las estaciones de Munich rumbo a Dachau. Era en medio del campo de Buchenwald y allí, la famosa Buche: el árbol preferido de Goethe. Deliberado simbolismo nazi. Y los ejemplos se multiplican y se multiplican…”.

domingo, 1 de julio de 2007

Norman Mailer


En El Evangelio según el Hijo, Norman Mailer muestra a un Jesús de Nazaret capaz de sentir remordimientos y dudas; impetuoso y vulnerable: profundamente humano ante su destino.
(Razón y desencanto)

viernes, 15 de junio de 2007

La melancolía de los inocentes


“La injusticia no es difícil de soportar cuando son otros quienes la sufren. Uno asume enseguida el dolor que no experimenta”. Este es el comienzo de La melancolía de los inocentes, una novela de Jean-Pierre Milovanoff, donde la memoria no sólo sirve como soporte de la narración, sino que le presta su auténtico sentido. Victorin Jouve recuerda la historia de su familia, llena de personajes peculiares y algunas ausencias que nunca dejarán de obsesionarle: “Le digo esto para que comprenda cómo soy y para que no concluya demasiado rápido que uno se acostumbra a la ausencia. Uno jamás se acostumbra a ella. Se soporta como se puede, lo cual es muy distinto. La hacemos nuestra, la incorporamos a nuestras vidas, dejamos que nos habite, que nos ocupe. Se vela y duerme con ella. Si logras olvidarla gracias a los calmantes, al despertar, resurge con fuerza renovada. Tan pronto hace el vacío en nuestros cerebros impidiéndonos reaccionar como nos transporta a un paraíso enlutado, sustraído a la vida, más insaciable que el otro”.
(El ausente lo modifica todo, se convierte en la referencia que mide los actos más comunes y los sucesos extraordinarios. Mi padre se proyecta sobre mí con una intensidad superior a cuando estaba vivo, de una forma consciente y absoluta. El amor de quien ha muerto no deja de crecer, se fermenta y consume, despojado de vanos adornos que limitan y mienten.)
Victorin Jouve vuelve constantemente a su pasado, y pese a saber que no es posible hacer ese trayecto sin cambiar nada, intenta ser riguroso con la verdad, para no cometer ninguna traición con una familia que no tendrá continuidad tras él.
(Razón y desencanto)

lunes, 11 de junio de 2007

William Saroyan


La comedia humana. En Ithaca, al oeste de los Estados Unidos, un adolescente llamado Homer Macauley emprende un viaje a los secretos del mundo desde su trabajo como mensajero en la oficina de telégrafos. En esa población y, sobre todo, a través de sus habitantes, William Saroyan muestra la descarnada presencia de la muerte y sus imborrables marcas.
(Razón y desencanto)

martes, 29 de mayo de 2007

Cien años de soledad


En Cien años de soledad, como un hecho vivido o intensamente deseado, para interrumpir a mi padre con su lectura: “Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.”
(Razón y desencanto)

sábado, 26 de mayo de 2007

Londres, según Virginia Woolf


“Quien no conozca a un auténtico cockney, quien no pueda alejarse de las tiendas y los teatros para torcer por una callejuela lateral y llamar a la puerta de una casa particular, no puede jactarse de conocer Londres”. Así comienza el primero de los textos reunidos en Londres, de Virginia Woolf, donde nos lleva al auténtico interior de la ciudad, porque para comprenderla realmente, “no tan sólo como bello espectáculo, mercado, tribunal y hervidero de industriosa actividad, sino como lugar donde la gente se conoce, habla, ríe, se casa, muere, pinta, escribe, actúa, gobierna y legisla, resultaba esencial conocer a la señora Crowe. Era en su salón donde los innumerables fragmentos de la vasta metrópoli parecían confluir en un todo vivaz, comprensible, divertido y agradable. Viajeros ausentes durante años, hombres maltrechos y curtidos recién llegados de la India o de África, de largos viajes y aventuras entre tigres y salvajes, acudían derechos a la casita en la callejuela tranquila para sumirse sin demora en el corazón de la civilización. Pero ni tan siquiera Londres podía mantener con vida para siempre a la señora Crowe. Cierto día, la señora Crowe ya no se sentó en su sillón junto al fuego al dar las cinco, María dejó de abrir la puerta y el señor Graham desapareció de su puesto junto a la vitrina. La señora Crowe ha muerto, y Londres, aunque sigue existiendo, nunca será igual”. Desde allí, Virginia Woolf nos lleva a la desolación de los muelles, a la descarga de productos y las sorpresas que esconden, para encontrarlo, ya transformado, en Oxford Street, dispuesto a ser adquirido por un precio asequible. La calle nos recuerda “que la vida es lucha, que toda edificación es perecedera, que toda exhibición es vanidad”. Según la escritora, “el encanto del Londres moderno consiste en que no ha sido construido para durar, ha sido construido para pasar”, aunque hay casas que encierran más claves de las personas que han vivido en ellas que las propias biografías, como las de Carlyle y Keats, que Virginia Woolf retrata prodigiosamente, al igual que Saint Paul, la abadía de Westminster o Saint Clement Dane, el poder de esos espacios y su valor simbólico. El recorrido finaliza en la Cámara de los Comunes, con la mediocridad de los políticos, en los que echa de menos las deslumbrantes personalidades de otros tiempos, junto a un esbozo del aprecio escaso por la democracia que sentía: “Esperemos que la democracia llegue, pero que llegue dentro de cien años, cuando estemos ya bajo la hierba”.