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viernes, 13 de mayo de 2016

Pedro y la tristeza

Desde la ventana de mi cuarto veo los cipreses del cementerio. En Medina de Rioseco el presente y el pasado conviven unidos, casi rodeándonos, porque reproducimos las palabras y ocupamos los espacios de quienes no están. Así late en ellos algo de nuestra vida, y nosotros tenemos algo de su ausencia en la mirada. 
Desde la ventana veo los cipreses entre los que está mi padre -cómo suena, papá, el granizo en tu lápida- junto a tantos amigos... Cada día que voy mi última visita es para Cheli y, con ella, el fulgor de la adolescencia y la juventud. A veces, mientras bajo por la cuesta hacia casa, me parece que envejezco apresuradamente, porque no hay tiempo ya que no esté ajado por el dolor.
Pedro Aizpurua cumple hoy 92 años y, con sólo pensar en él, una sonrisa comienza a abrirse paso en la tristeza y se apoya en las palabras de quien me enseñó que el silencio no está vacío, que sólo es nuestro lo que damos, que la vanidad es un sumidero y el amor un regalo que jamás se acaba de ofrecer del todo. 

sábado, 27 de febrero de 2016

En memoria de Consuelo Izquierdo Amigo

Ha muerto Consuelo Izquierdo Amigo, mi querida Cheli. En esos años de instituto, cuando el tiempo era infinito y la felicidad tan intensa que no podíamos ser conscientes de ella, Cheli estaba entre las personas indispensables. 
Hemos cantado juntos, con la Coral Almirante Enríquez, músicas de Cabezón, de Victoria... En Navidad, nos reuníamos los más jóvenes y cantábamos  por diversos lugares de Medina de Rioseco: en la escaleras de los Padres, o en la plaza Mayor, dibujábamos partituras del siglo XVI sobre el vaho del invierno, ajenos a tanto dolor como vendría luego. Y si pienso en las fiestas de San Juan, Cheli aparece como el aroma de los chopos que lo inundaba todo. Hemos paseado juntos por el canal de Castilla a buscar las estrellas fugaces en esas noches que no han vuelto a repetirse, entre conversaciones en las que siempre mostraba su carácter fuerte y tierno, la mirada limpia de una inocencia que mantuvo hasta el final.
Hace pocos días estuve con ella. Fui para acompañarla, para verla, para darle ánimos. Y fue Cheli quien me dio ánimos y una última lección: la de su actitud ante la enfermedad, el convencimiento de que la vida tiene más fuerza que la muerte. 
Querida Cheli: ¿te acuerdas de ese color de los soportales, después de los ensayos del O Magnum Mysterium?, ¿recuerdas cuando bailábamos? Puede que hayan pasado veinticinco años... Yo no bailaba casi nunca, pero contigo sí. 
Hace un rato he estado en tu casa y, por primera vez, te he visto y tú a mí no. 
Nunca pensé que debería empezar tan pronto a recordarte.