Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel Pellitero Fernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriel Pellitero Fernández. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de diciembre de 2025

La memoria encendida

Los ciclos vinculados intensamente con la emoción se superponen en la memoria y, en ocasiones, como me sucede con la Navidad, se borra la perspectiva del tiempo y todo resulta ser un instante único. Ese nacer continuo que lo impregna tiene para mí un espacio: Medina de Rioseco. Y la memoria camina como Vanessa Redgrave al inicio de Regreso a Howards End y siente la melancolía en cada paso mientras la casa es pura luz. Así llego a la calle del Pescado y puedo verme con toda la familia en la Nochebuena, preparándonos para la misa del Gallo, con la voz de Gabriel Pellitero temblando en la maravillosa iglesia de Santa María. El Niño, en el centro; nosotros, rodeándolo. Y me parece que, simultáneamente, cantamos villancicos del siglo XVI con algunos compañeros de la Coral Almirante Enríquez: la música en la niebla de diciembre, la historia que nos convoca y la amistad que nos une, son un hecho que por sí mismo nos trasciende.

Y en ese paseo del tiempo están los escaparates con las miradas infantiles en el vaho de los cristales; el aroma de los dulces, los saludos y felicitaciones que no deberían ser excepcionales en el calendario.

Los recuerdos de la Navidad conviven inseparables: se dan vida los unos a los otros. Por eso, aunque mi padre falleciese un año antes del nacimiento de mi hijo, puedo verlos juntos en los soportales de la calle Mayor, mientras los Reyes Magos encienden un misterio que jamás termina.

El Día de Valladolid, 23 de diciembre de 2025.

sábado, 30 de agosto de 2014

Medina de Rioseco


Cada concierto es especial por muchas razones, pero el del domingo pasado lo fue de una manera muy intensa -aún más de lo que imaginaba- ya que en la iglesia de Santa María de Medina de Rioseco encontré, de niño, las músicas de Cabezón, Correa y tantos otros; el espacio donde descubrí la belleza creada por arquitectos, escultores, pintores... y que hizo de la experiencia estética algo fundamental e inseparable de mi vida desde entonces. 
Recuerdo a Gabriel Pellitero diciéndome que, cuando fuera mayor, tendría que hacer algo basado en el retablo. El domingo toqué bajo la luz de ese retablo. La misma luz con la que muchísimos riosecanos se han casado, y también, con la que a muchísimos se les ha dicho adiós.
Allí, por ejemplo, mis padres se casaron y, 35 años más tarde, estuvo el féretro de mi padre. En ese punto exacto, emocionante para todos nosotros, estuvo el piano. 
Muchísimas gracias a todos los que llenaron la iglesia de Santa María. Jamás lo olvidaré.

domingo, 28 de abril de 2013

Música para Gabriel


Aunque convivan a lo largo de muchos años con nosotros, hay personas que se hacen indisociables a una etapa precisa de la vida y resulta casi imposible construir su narración lejos de su presencia determinante.
Gabriel Pellitero se encontraba muy enfermo. Tanto que sentíamos la inminencia de su muerte, de esa despedida que transforma el mundo del que formábamos parte: el final del mundo, en palabras de Jacques Derrida, “como totalidad única, por lo tanto irremplazable y por lo tanto infinita”.
Recorro mi infancia y juventud, el color del verano sobre las eras y los parques de Medina de Rioseco que enmarcaban los juegos en un tiempo sin orillas. Si queremos saber quiénes estaban allí o no, basta con evocarlos y comprobar si su recuerdo proyecta esa luz idéntica, recién nacida siempre, inalterable.
Don Gabriel fue párroco de Rioseco durante más de medio siglo. Suficiente para ser testigo de toda felicidad y de toda tristeza. Ofició la boda de mi padre en 1970 y su funeral en 2005. En el mismo lugar de Santa María, la iglesia en cuyo órgano descubrí la inagotable hermosura de las músicas compuestas por Cabezón, Correa o Cabanilles. Las escucho ahora, mientras se alejan los ruidos de lo prescindible y sólo permanece esa armonía que desearíamos traer hasta nosotros y habitar en ella.
Conservo la imagen de don Gabriel en su despacho, rodeado de libros que suscitaban mi atrevida curiosidad: colocados juntos los que servían como registro de nacimientos y los que consignaban las defunciones. Entre esos volúmenes latían las serenas fuentes y las verdes praderas que él me mostraba en los Salmos.
Y hacia ellas caminó firme y seguro: convencido de que iba a disfrutarlas eternamente.

(Publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 28 de abril de 2013)