domingo, 6 de abril de 2014

Pablo y la poesía

Pablo, mi hijo, me da una preciosa definición de poesía mientras paseamos:

- Papá, si tuviera una rana le pondría de nombre "Pálpito".
- ¿Por qué, hijo?
- No sé explicarlo... es como si en la palabra pálpito hubiera una rana chapoteando.

viernes, 28 de marzo de 2014

Aquel 28 de marzo

Hoy hace 9 años que murió mi padre. Él tenía 59 y yo 33. Sé lo que son 9 años para cualquier cosa que no sea esa distancia: a veces siento que acabo de estar con él y, por el contrario, en otras me parece que ha muerto hace más tiempo del que soy capaz de recordar. 
Pese a que la vida me ha hecho tantos regalos maravillosos, mi mundo no tendrá nunca, desde aquel 28 de marzo, esa armonía inaugural de lo completo, esa perfecta emoción de ser y estar todos juntos.

domingo, 9 de febrero de 2014

Valladolid


Participé el miércoles en el programa especial que conmemoraba el 80 aniversario de Radio Valladolid, presentado por Iñaki Gabilondo en el Teatro Calderón. 
Estrené Aniversario, de Francisco García Álvarez, expresamente compuesta para la ocasión. 

sábado, 14 de diciembre de 2013

Castillo de Fuensaldaña

Toqué el jueves en el acto de entrega del Premio Provincia de Valladolid a la Trayectoria Artística, concedido a la Real Academia de Bellas Artes. Tuvo lugar en el Castillo de Fuensaldaña, sede de las Cortes de Castilla y León durante muchos años. 


jueves, 5 de diciembre de 2013

martes, 3 de diciembre de 2013

Barcelona

Toqué el viernes en Barcelona el programa homenaje a Jordi Savall.


Como siempre en Barcelona, la alegría de encontrar muchos amigos, como los compositores de la imagen: Armand Grèbol, Albert Sardà y Carles Guinovart.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Salud y sensibilidad

Parece que nada existe fuera de los datos, de las estadísticas convertidas en arma arrojadiza de una posición y su contraria, como si el mundo se limitase a un objetivo tan pequeño; como si la política debiera despojarse de toda sensibilidad hacia los seres humanos. Una palabra que se desprecia e identifica con algo a medio camino entre la fragilidad y la demagogia. Ante la palabra “sensibilidad” está de moda responder: “por favor, hablemos en serio” y, acto seguido, mostrar unas gráficas –generalmente manipuladas- donde se nos muestra la salud de una persona como una variable más, y no siempre la de mayor importancia.  Tenemos, en demasiadas ocasiones, la impresión de que los ciudadanos no son la finalidad sino el medio. Y es un mensaje que va calando: he visto defender ciertos recortes a personas que no podrían costearse el menor tratamiento fuera de la sanidad pública. Nadie puede estar en contra de aumentar el control y la eficacia del gasto, pero sí de una utilización de esos argumentos con el único fin de rebajar el nivel de la atención a los enfermos.

Durante meses, acompañé a mi padre cada vez que ingresó en el Hospital Pío del Río Hortega, y estuve a su lado en las duras sesiones de quimioterapia. Aprendí entonces que si uno de los cimientos de cualquier sociedad es la educación y el esfuerzo que a ella se dedica, en su red sanitaria reside el corazón mismo de los sentimientos de aprecio y respeto hacia los demás. Ese cuidado es la clave de un baremo que se ignora en los informes a pesar de su enorme trascendencia, ya que certifica no sólo la salud de los miembros de una comunidad, sino también, y en idéntica medida, la propia salud de los valores que la dignifican.

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 27 de octubre de 2013)

lunes, 14 de octubre de 2013

Lamentos y consuelos

La crisis ocupa todas las conversaciones. En todas partes escuchamos, por breves que sean, unas palabras de lamento y de consuelo. Las consecuencias son de tal magnitud que no sólo resulta imperiosa la necesidad de referirse a ellas: también se percibe un cierto pudor para no ofender a quien carece de trabajo o a quien sabemos que puede perderlo de inmediato. Ese pudor me lo han manifestado muchos amigos, incapaces de expresar sus preocupaciones por considerarlas mínimas y casi ofensivas ante ciertas personas. Asuntos que, sin duda, habrían motivado largos debates por su importancia, pero que ahora la sensibilidad y la empatía con esos amigos o conocidos aconsejan soslayar.
Si no incluyen el despido, hasta graves problemas profesionales son relegados. Más aún: se ha convencido a buena parte de la ciudadanía de que tener un trabajo es una especie de regalo, de lujo, como si fuera un privilegio que graciosamente se nos otorga y en el que va implícito un silencio tan espeso que corre el riesgo de hacer invisibles los derechos laborales.
Lo he vivido ayer mismo, mientras paseaba por la Plaza Mayor de Valladolid con un antiguo compañero, tres años ya desempleado. No sabía qué decirle. No me atrevía a hablar de los temas de siempre cuando él me mostraba la desolación del paro, su mirada implacable y crudísima; el deterioro, incluso, de la convivencia con su pareja en un clima emocional oscuro y carcomido.

Hemos de felicitar a quienes se esfuerzan en la búsqueda de soluciones a este drama; y decir, a quienes a diario mienten sobre lo que vemos delante de nuestros ojos, que aparten su mezquina arrogancia del dolor y la tristeza de aquellos que sufren. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 13 de octubre de 2013) 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Saber es distinguir

En cada nueva encuesta se reitera la visión más que negativa de un número creciente de ciudadanos hacia sus representantes políticos, hasta llegar a considerarlos como uno de los principales problemas de nuestro país, lo que supone  un desafío de solución difícil y larga, con unas consecuencias de extraordinaria gravedad. Tanto es así que hoy la palabra “política” es directamente peyorativa y se utiliza con carácter denigratorio incluso por concejales, procuradores o diputados: “saquemos la política de esta negociación”, “usted no quiere que mejoremos, sino hacer política” o “esta huelga es claramente política”, son ejemplos constantes a los que poco a poco nos hemos acostumbrado a pesar de ser absurdos en sus términos. Todo ello lleva a ese “todos los políticos son iguales” que hace tabla rasa sin matización alguna. Es verdad que muchos políticos han tenido un comportamiento indecente –sin referirnos a los casos donde se ha cometido delito-; hay que ser en extremo escrupulosos al gestionar lo que es común y eliminar la endogamia de su estructura interna que los aísla de la sociedad. Pero no son iguales. No lo son, ni en historia ni programas, el PP, el PSOE, IU y UPL, por mencionar a los que tienen representación en las Cortes de la Comunidad. Pero es que ni siquiera lo son quienes forman parte del mismo partido: no se puede hacer un análisis tan rápido e impreciso que, por desgracia, tan habitual resulta entre quienes hablan, sin diferencia alguna, de “los franceses”, “los médicos” o “los artistas”: etiquetas que hacen muy fácil y cómodo resumir cuanto sucede en el mundo, aunque se corra el riesgo de olvidar una antigua e indispensable enseñanza: saber es distinguir.   

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 29 de agosto de 2013)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Las Edades y su música

Decía Carlos Castilla del Pino que un maestro lo es con independencia de lo que enseñe. Pedro Aizpurua es un perfecto ejemplo de esa idea. Desde hace más de medio siglo, su presencia en Valladolid ha sido un verdadero regalo para los músicos –Jesús Legido y Francisco García Álvarez entre ellos- que hacían un gran esfuerzo por conocer y estudiar la música contemporánea compuesta en todo el mundo. Pedro llegaba de sus viajes con un material tan valioso -y escaso en esos momentos- como las últimas obras de Ligeti, Boulez, Nono, Henze o Lachenmann. Lo compartía con la sencillez y la humildad que han ido dibujando su rostro y su voz a lo largo del tiempo. Pedro se refería a la música y, también, a las últimas exposiciones y películas, a los nuevos ensayos que iba a llenar de subrayados y originales anotaciones, muy útiles para quienes leeríamos esos textos enriquecidos por él.
No conozco a nadie que haya vivido tal número de actividades apasionadamente y a la vez tan desanclado, en una profundidad que le impide cualquier atadura o dependencia. Pedro jamás ha hablado el lenguaje obsceno del narcisismo, de esa neurótica vanidad que ensucia cuanto roza. Es evidente que una personalidad así ayuda poco a la difusión de su trabajo. Por eso he sentido una enorme alegría al saber que el próximo viernes, 20 de septiembre, volverá a interpretarse su maravillosa Cantata de las Edades del Hombre, en el Centro Cultural Miguel Delibes.

Algunos días, mientras hablamos, intento captar su estado de ánimo, sin conseguirlo nunca. Les sucede igual a otros amigos. Aunque creo que, si le preguntásemos, podría respondernos con las palabras de Pedro Casaldáliga: “No soy triste ni alegre, soy poeta”. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 15 de septiembre de 2013) 

domingo, 1 de septiembre de 2013

Despedida de agosto

Este agosto que ayer se despidió me ha dejado, igual que el resto de los meses, algunas músicas y algunos libros a los que –estoy seguro- volveré. Junto a ellos, quiero recordar un encuentro de amigos de la infancia donde pude sentir lo mucho que nos unen esos primeros años en común: profesiones, ideologías y creencias muy distintas, envueltas de forma natural en una raíz común, alimentada por esos nombres, esas experiencias que no necesitaban ser explicadas. Una palabra, un gesto nos llevaban a una reacción idéntica, a una sonrisa o una mueca perfectamente sincronizadas, como un coro dirigido por ese tiempo, lejano ya, que compartimos. Además, comprobé de nuevo lo fieles que somos a un modo de comportarnos y a convertir lo aprendido muy pronto en una segunda naturaleza: quien derrapaba entonces montado en la bicicleta, frenó el coche rodeado de polvo en el camino de Castilviejo.
Al pasar por la terraza de Cubero, ya en el centro de Medina de Rioseco, vi que sólo quedaba una mesa vacía y pensé de inmediato en Adela Gutiérrez y David Frontela. Sentados y mirándose, mientras un helado iba de una sonrisa a otra, y yo contemplaba esa belleza insuperable del amor cristalizando ante mí, ajeno al ritmo que asigna el verano a los sonidos de la calle, un verano al que mi memoria les asocia.

No están allí. Lo sé. Adela ha muerto. En uno de sus poemas, James Fenton escribió: “Creo que los muertos quisieran / que llorásemos por aquello que han perdido”. Pero lo que han perdido quienes hemos amado tampoco es nuestro por completo. Nunca podremos disfrutarlo del todo, al menos con ese esplendor maravilloso que Adela y David nos regalaban, con esa felicidad que será suya para siempre.   

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 1 de septiembre de 2013)

jueves, 22 de agosto de 2013

Distinto, real, emocionante

De los cinco volúmenes en los que Leonard Woolf publicó sus memorias sólo el último, que abarca desde 1939 hasta 1969, está traducido al castellano. Un periodo decisivo en el que la guerra no está presente a través de un pormenorizado análisis histórico, sino de la experiencia de quien contempla y sufre el horror, acompañado de amigos entre los que se cuentan algunas de las mentes inglesas más brillantes de su tiempo. El 28 de marzo de 1941 se suicidó su esposa, Virginia Woolf, referencia absoluta y definitiva, una escritora extraordinaria con una personalidad que nos seduce y  sobrecoge a lo largo de su obra.
Pero, además, hay en estas memorias un pensamiento que las cruza y que tiene tanta vigencia en el lugar y el momento de su escritura como en la Castilla y León de 2013, ya que es el material mismo que distingue las actitudes ante esta crisis que vivimos: qué lugar ocupa el otro, qué valor tiene en nuestra propia vida. Seguro que Leonard Woolf suscribiría, también, esas tres pasiones que guiaron la vida de Bertrand Russell: “el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento humano”.
Woolf defiende una sociedad consciente de que cada uno de sus miembros es un individuo libre, que sufre y ama igual que yo, porque de lo contrario se le cosifica y pierde su identidad dentro de una masa etiquetada con un término aséptico de apariencia técnica. Así resulta mucho más sencillo, incluso para una eventual justificación, porque las etiquetas no sufren, no aman, no tienen ojos ni palabras que nos permitan reconocer a ese “otro yo” -tan distinto, tan real, tan emocionante- que habita en todas las mujeres y en todos los hombres de este mundo. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 17 de agosto de 2013)

miércoles, 7 de agosto de 2013

Paisaje con guitarra

La situación dramática que vive el Centro Superior de Investigaciones Científicas  pone de relieve, una vez más, las contradicciones entre el discurso oficial que elogia la ciencia como factor decisivo e insustituible para la sociedad y el traslado de esas convicciones a los presupuestos. Está claro que esa presumida convicción no existe. Parece que la realidad es la descrita por Jorge Wagensberg: “Los países ricos saben que si son ricos es porque hacen ciencia, mientras que los países pobres creen que si los países ricos hacen ciencia es porque son ricos”.
Esta situación paradójica no es exclusiva de la ciencia. También, de equivalentes formas, aparece en otros ámbitos culturales. La importancia de las artes se destaca constantemente, llevada incluso al centro de la identidad, al corazón mismo de aquello que define nuestra ciudadanía y la articulación de todo tipo de relaciones colectivas. Sin embargo, a pesar de este permanente elogio (que ha servido, también, para justificar lo que nunca debió de ser justificado) los primeros recortes se producen, por lo general, en esa cultura que se proclama indispensable de manera unánime.
Pienso en esto mientras veo el enorme esfuerzo desarrollado por el guitarrista Eduardo Pascual para llevar a cabo otra edición, y son dieciséis, de un festival dedicado a la guitarra en Aranda de Duero. Clases magistrales, conciertos, conferencias y un concurso internacional que ha tenido en el jurado a personalidades de todo el mundo y cuenta en su palmarés con jóvenes intérpretes de gran proyección: Marcin Dylla, Antoon Vandeborght, Omán Kaminsky…

Eduardo Pascual Díez nos aporta una dosis de ilusión y esperanza que todos necesitamos con urgencia. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 4 de agosto de 2013)

domingo, 21 de julio de 2013

Acequias y Esguevas

Se publican multitud de artículos y libros sobre la arrolladora presencia de los blogs y las redes sociales: el análisis de sus innumerables recursos desde las más diversas disciplinas –ingeniería, educación, seguridad, ética…- forma parte de un debate intenso y ya cotidiano,  mantenido a la extrema velocidad con la que el propio medio lo suscita. Internet, para Pedro Ojeda Escudero, profesor de la Universidad de Burgos, “es una nueva revolución tecnológica y cultural y ha producido una aceleración del tiempo histórico de la Humanidad cuyas consecuencias aún estamos por ver”.
El fomento de la lectura es, junto a la crítica cultural y política, una de las claves que Ojeda ha marcado en La Acequia, cuya primera entrada es de 2006, y demuestra que la vocación docente y el amor por la literatura no pueden restringirse a ningún ámbito prefijado, porque los desborda todos. Cervantes, Baroja, Delibes y Esquivias son algunos de los autores que han motivado esa mirada colectiva de quienes participan en un trabajo minucioso, digno del mayor reconocimiento por el compromiso, la generosidad e inteligencia que tanto le valoramos y agradecemos.
El día 1 de enero de 2011, Pedro Ojeda dio inicio al Proyecto agua, definido por él mismo como “una investigación artística sobre las relaciones entre el agua y los espacios autobiográficos”. De ahí surge Esguevas, un libro con textos de Pedro y fotos de Javier García Riobó, donde la poesía despierta la memoria al recorrerla detenidamente, envuelta en la humedad del tiempo y el aroma de una vegetación que es causa y consecuencia, origen y destino simultáneos.
“Si nos muriéramos, el agua, mansa, seguiría cayendo sobre las ramas de los árboles”.

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 21 de julio de 2013) 

lunes, 8 de julio de 2013

Aria y ausencia

En el catálogo del compositor vallisoletano Jesús Legido hay una presencia muy grande de las obras para voz, basadas en textos de escritores que él admira y con los que se siente identificado de un modo especial. Los poetas Antonio Machado, César Vallejo o Miguel Torga forman parte de su mundo más íntimo, ese mundo que está medido por la humildad y la duda, por la búsqueda de la belleza y alguna seguridad ante la incertidumbre. Un viaje dirigido hacia lo profundo, sin fáciles concesiones, siempre con un extraordinario rigor, en la certeza de que, como señala Jorge Wagensberg, “una innovación superflua es una solución sin problema”.
Después de la muerte de su madre, Jesús comenzó un breve diario que acaba de publicarse. Un monólogo que lucha por ser diálogo: se dirige a su madre, habla con ella, y eso es posible, con toda su fuerza, cuando se escribe. Lo natural es escribir a quien no está junto a nosotros: así la escritura se constituye en un vehículo que no solamente nos permite dirigirnos hacia el otro, sino sentir que el otro está vivo en nuestra escritura.
Hace poco le planteé el cuestionario Proust y tras decirme que su ocupación favorita es leer y viajar, que su color favorito es el azul y lo que más detesta es la intolerancia, me respondió que su heroína en la vida real era su madre, y nos demuestra esa fortísima unión y el poder del recuerdo para atrapar aquello que incluso podría haber pasado desapercibido mientras era puro presente.
Jesús Legido escribe a su madre y, al hacerlo, nos habla de sí mismo, de esa necesidad de tenerla al lado, porque en la emoción de la memoria late la vida y, según Carlos Castilla del Pino repetía, la verdadera muerte es el olvido. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 7 de julio de 2013)

domingo, 23 de junio de 2013

Un lugar en el mundo

La infancia se transforma a lo largo de toda la vida, y es hermoso notar los brotes de una nostalgia dulce, la emoción de unas palabras que, sin pretenderlo, habían sido olvidadas y aparecen de pronto. Sin embargo, el pasado también aumenta con la oscuridad y el silencio de la muerte: el dolor hace crecer el pasado con más fuerza que el tiempo. Esos huecos nos definen, nos constituyen y, tantas veces, son la respuesta para los silencios que no sabemos rellenar con nada, para la súbita inquietud que no somos capaces de justificar. También somos aquello que alguna vez fue nuestro: el amor que la vida despierta a su capricho y la luz que el recuerdo enciende cada día. A veces necesitamos atrapar esa luz con las palabras, sujetarla en el papel para que siga latiendo entre los dedos y poder mostrar la mayor gratitud con la misma ternura que hemos sentido al recibirla.

Escucho la voz de José Antonio Pizarro de Hoyos nombrando las estrellas al mirar por la ventana, como si nos transmitiera un mensaje que le era dictado por el asombro de la belleza. Esa belleza que, al proporcionarnos una mirada común, es la causa que nos permite reconocernos en un “nosotros”. Así, viendo mi pasado entero podría describir su secuencia ante mis ojos y agradecer el gran cariño de cada uno de los habitantes de mi ciudad, Medina de Rioseco. No hay un solo espacio suyo que carezca de sentido para mí. El ámbito se cierra pero sus pliegues son interminables: “La arena es infinita, el desierto acaba”, señala un aforismo de Fernando Aramburu. Esa arena me concierne y en ella habitan los hombres que yo he sido y sus edades, pues nuestra forma de ser es nuestra forma de amar. 
Y al dar las gracias, nos damos. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 23 de junio de 2013)