lunes, 30 de julio de 2007

La barbarie de la ignorancia

Esta pregunta, que tanto me obsesiona y a la que se ha intentado siempre dar respuesta, surge también en el diálogo de George Steiner con Antoine Spire, publicado en La barbarie de la ignorancia: “¿por qué las humanidades, en el sentido más amplio de la palabra, por qué la razón de las ciencias no nos han dado protección alguna contra lo inhumano? ¿Por qué, efectivamente, como usted acaba de decir, es posible tocar Schubert por la noche y marchar por la mañana a cumplir con sus obligaciones en el campo de concentración? Ni la gran lectura, ni la música, ni el arte han podido impedir la barbarie total. Han llegado a ser el ornamento de esa barbarie, si hay que decirlo todo. A menudo han proporcionado un decorado, una fioritura, un hermoso marco para el horror. El señor Gieseking tocó Debussy –y de manera incomparable, parece- mientras se oían los gritos de quienes pasaban por las estaciones de Munich rumbo a Dachau. Era en medio del campo de Buchenwald y allí, la famosa Buche: el árbol preferido de Goethe. Deliberado simbolismo nazi. Y los ejemplos se multiplican y se multiplican…”.

viernes, 27 de julio de 2007

Pensar

Pensar exige un esfuerzo que muchísimas personas no están dispuestas a hacer. Y no me refiero al pensamiento metafísico ni al pensamiento matemático. No. Me refiero al simple proceso que lleva a razonar. Es cada vez más común la adhesión incondicional a lo que otros dicen, sin pasar por el tamiz, imprescindible, de la razón. Es ésta una sociedad que habla de oídas, que repite los lugares comunes que saltan desde las emisoras de radio o las televisiones, cuando no del puro cotilleo, donde no se necesitan pruebas ni datos para calumniar a cualquiera.
Estar en el mundo es pensar. Dice Josep Soler que -salvadas las necesidades primarias- la única obligación del ser humano es pensar. Pero lo que se denomina ciudadano medio prueba justamente lo contrario.

jueves, 26 de julio de 2007

Papel

Hasta que no se hace una mudanza es imposible saber lo que puede almacenarse. Estoy, literalmente, invadido por el papel. Todo son cajas de libros, revistas, recortes de periódicos, cuadernos, carpetas... En otro apartado, películas y discos. Ahora me doy cuenta de que mi madre y Tere se quejan con razón de este afán compulsivo por adquirirlos. Necesito poseerlos, tenerlos cerca. Dámaso Alonso dijo que los libros abrigan. Y es cierto.

lunes, 23 de julio de 2007

Como un delfín

Durante varias noches, al acostarme, le leído Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta, de Charles Bukowski. Otro de los poemarios que se han publicado después de su muerte. En éste, como en ¡Adelante!, que ya he comentado en el blog, se percibe la escritura de un hombre al final de su vida, recordando de un modo especial.
Pero es en los últimos versos del libro donde se muestra toda la desolación del poeta:
"... mientras mi infancia perdida
salta como un delfín
en el mar congelado."
Llevo días pensando en esa imagen, en la visión inconsolable de las últimas horas, cuando todo está -o se siente- vivido, como un mar congelado. Y al fondo, lejana pero nítida, la infancia perdida saltando como un delfín, despreocupada y alegre, ajena a la melancolía infinita de quien la mira.

domingo, 22 de julio de 2007

Mudanza

Este mes está marcado por la mudanza. Después de seis años en este piso, vamos a vivir a una casa que hemos comprado muy cerca de aquí. Perderemos la preciosa vista de la iglesia de Santa María, el más simbólico edificio de Medina de Rioseco. Recuerdo que, cuando nos lo enseñaron, entré al salón, abrí la ventana y decidí alquilarlo. Nos han pasado muchas cosas entre estas paredes. Mejores y peores, como es costumbre en la vida. Y una, verdaderamente excepcional: el nacimiento de Pablo. Echaremos de menos este sitio, pero todo se compensa con la ilusión de la nueva casa: el escenario de nuestro futuro.

sábado, 21 de julio de 2007

André Gide

El 3 de enero de 1892, André Gide escribió en su diario unas palabras que necesito decir hoy: “Me preocupa no saber quién seré, ni siquiera sé quién quiero ser; pero bien sé que hay que elegir. Querría andar por caminos seguros, que lleven sólo allí adonde habría decidido ir; pero no sé; no sé lo que debo querer. Siento mil identidades posibles en mí; pero no puedo resignarme a no querer ser más que una. Y me asusto, a cada instante, a cada palabra que escribo, a cada gesto que hago, de pensar que es un rasgo más, imborrable, de mi figura, que se fija; una figura dudosa, impersonal; una figura cobarde, puesto que no he sabido elegir y delimitarla fieramente”.
No creo que este fragmento sea fruto de cierta inconsciencia juvenil –Gide tenía veintidós años cuando lo escribió-, sino de la inquietud de quien no se resigna a la vida horizontal y plana a la que sucumbe la mayoría. Esa visión de la existencia con un carácter, por usar términos musicales (Gide tocaba el piano), polifónico, vertical, conlleva una angustia permanente. Pero Josep Soler nos ha enseñado, aunque en un contexto distinto, que el arte es un medio de aumentar el nivel de angustia, y que todo artista necesita afirmar aquel fondo básico y esencial de la angustia, que es pórtico a la obra de arte; éste no es sublimación de una neurosis ni medio de curación para ella: debe ser un modo de aumentarla y así hacerla aún más patente. En su conclusión no hay concesiones: el consuelo del dolor es más dolor. Si consideramos, como Josep, que en un mundo perfecto no existiría el arte, y que es comparable el vacío de esa pérdida –de la nostalgia del paraíso- con la más concreta de la muerte de alguien a quien amamos, tiene sentido unir esta idea con otra que escribió Nietzsche con apenas catorce años: “una característica singular del corazón humano es que, si sufrimos una gran pérdida, en vez de esforzarnos por olvidar, tratamos de pensar en ello lo más a menudo posible, como si en el continuo relatarnos a nosotros mismos nuestra desgracia lográsemos un verdadero consuelo para nuestro dolor”.

lunes, 16 de julio de 2007

Diario de un escándalo

En la película Diario de un escándalo hay una relación entre una profesora y un alumno adolescente. Muchos han escrito que, de haber sido al revés -un profesor y una adolescente- el efecto provocado por las críticas -no cinematográficas, claro- sería inimaginable. Probablemente sea cierto. Pero lo increíble es que, en una película en la que una profesora se enamora de un alumno, no sea éste el tema más importante para el espectador, sino el personaje interpretado de modo insuperable por Judi Dench y que no voy a desvelar por si algún lector quiere verla. A mí me ha parecido magnífica.

miércoles, 11 de julio de 2007

La luz y las palabras

La luz tenía la propiedad de aquel texto, implacable, de Maurice Blanchot. Habitaba en espacios donde las palabras lo eran todo. Y en la vastedad de lo que sólo la imaginación ponía contornos, la luz era avivada por un viento que la hundía, con delicadas manos transparentes, en un punto indefinido que rozaba la superficie de la tierra, al sur del polvo. Allí era donde nacían las palabras, su etimología natural, allí se abrían a su primer temblor, antes de que sirvieran de alimento, como los demás frutos, a los seres humanos. Lo sabía. Y caminaba despacio hacia ese lugar en el que sucedía siempre aquel inesperado nacimiento, mientras me preguntaba por qué nadie había llegado antes y, si lo hubiera hecho, ¿quién había sido? ¿Acaso conocer el secreto llevaba implícito, por eso mismo, el ocultarlo? Creía que hacer de todo eso algo oscuro y silencioso era tan contradictorio, tan ajeno al propio espíritu de la experiencia, que no podría ser posible cumplir con esa condición que me había impuesto a mí mismo. Pero también pensaba que de lo verdaderamente hermoso no debería hablarse, porque la belleza de la que era testigo, cobraba valor -su propia existencia incluso- al ser manifestada. El lenguaje era esa luz, no los estiramientos con que las palabras viejas lo sometían, plegándose ensimismadas hacia su propia destrucción. No cabía el plural. Ni los adjetivos que se aproximaban, sigilosos, a devorar mi corazón. A desfigurarlo. A transformarlo en un monstruo.
Me conmovía esa verdad de la luz. Con qué dignidad jamás opuso resistencia a los ataques. Era majestuosa, sí, pero no por eso invulnerable. Y saber que nadie pudo nada contra ella, tampoco era seguro totalmente. Tan sólo el tacto era capaz de susurrarle algo que la estremecía sin quebrarla. Pero el miedo frenaba, entonces, su caída. Se dejaba rozar entre los árboles. Consentía mojarse con las gotas de agua que aún tenían sus hojas. Le gustaba detenerse en las yemas de sus ramas. Eso era cierto, aunque no menos que el destino abocado a la profundidad de las grietas, a su temblor áspero. Se sumergía sin ignorar el crujir del arañazo brusco que erosionaba sus costas. La oscuridad no era el vacío. Era la densidad, precisamente: una muralla espesa como una vejez sin recuerdos. Pero también sin futuro. Al menos eso creía, sin vanidad y sin pereza. Al abrigo del resto, que mordían afuera, que estrechaban el cerco, aunque sin llegar nunca a la inmediatez de mi cuarto. Esa protección era mi libertad. Y me bastaba con saberlo. Las colinas, muy al fondo, advertían del eco imperturbable que esconde lo mezquino. De su brújula torpe y mortecina. La precisión no era virtud que me afectara. El azar lo era todo y, sin embargo, llamaba azar a la sorpresa. ¿Y no era exacta para mí la medida del hecho que esperaba? ¿No era precisa, estricta, la presencia? ¿También su magnitud y su costumbre? No lo creía entonces. Pero en una página de Peter Handke aprendí que yo no era como a veces pensaba y, sin embargo, a menudo actuaba como no era. Con frecuencia me había servido de esa idea, pese a que nunca tuve claro si fue una afirmación o una coartada. En todo caso era una duda sin cuerpo, una duda incipiente, quizá un simple titubeo. A pesar de todo, esa indeterminación, que me hacía sufrir en unas ocasiones, me resguardaba en otras, sin quererlo.
Las palabras nacían, mientras tanto. La luz las cortaba y las pulía con agua, abría en ellas unos huecos: los silencios que las bordeaban. Utilizaba cera para dorar algunos costados imperfectos. Evitaba la igualdad. Había palabras biseladas que se resistían y la luz las dejaba como las encontré en la soledad de la cantera. Amaba ese momento por encima de todo. La resistencia se disolvía sin angustia que perturbara la conciencia. Entonces la miré, como quien se vuelve para sonreír al amor que está detrás, bajando la escalera. Y comprendí que estaba asistiendo a la creación de un mundo, del cual había un pasado que era sólo un impulso. Un prólogo a lo sumo: un gesto en la memoria.

domingo, 8 de julio de 2007

Ramón Barce


Hablo con Ramón Barce. Van a hacer un ciclo sobre su obra y quiere que yo dé un recital con su música para piano. Ramón es una de las personas más inteligentes y cultas que he conocido. Le agradezo su cariño y, naturalmente, su confianza.

sábado, 7 de julio de 2007

Teatro


En Ricardo III, de William Shakespeare, se produce una relación entre la crueldad del propio Ricardo y las confesiones dramáticas sobre sí mismo, que consigue una sorprendente verosimilitud en lo impuesto al personaje hasta encajarlo con su destino sanguinario. No hay perdón posible para Ricardo, pero sí hay coherencia para el lector del texto o el espectador de la obra teatral. Una búsqueda puesta de manifiesto en Looking for Richard, la película protagonizada por Al Pacino, que indaga en esta obra de Shakespeare desde diversos puntos de vista. Frederic Kimball hace en ella un apasionado alegato sobre la tradición, como herencia de los actores, con la que estoy plenamente de acuerdo. Aludo a esa idea en mis clases, porque estoy convencido de la importancia del trabajo del intérprete dentro de su lenguaje, ya sea músico o actor. Me interesa mucho la teoría del teatro porque encuentro en ella cuestiones esenciales que son válidas para la interpretación de la música. Libros como El teatro y su doble, de Antonin Artaud; Más allá del espacio vacío y La puerta abierta, de Peter Brook; El cuerpo poético, de Jacques Lecoq o El trabajo del actor sobre sí mismo, de Konstantin Stanislavski, entre muchos otros, me han resultados tan útiles como los específicos en materia musical.

lunes, 2 de julio de 2007

Charles Bukowski


¡Adelante! es un libro de Charles Bukowski publicado póstumamente. Uno de los muchos manuscritos que conserva su editor, John Martin, y que van apareciendo de forma paulatina. Aparecen en él sus constantes esenciales: el alcohol, el hipódromo o las mujeres, pero también la voz de un hombre viejo y enfermo, un Bukowski crepuscular que tiene muy cerca la presencia de muerte.

domingo, 1 de julio de 2007

Norman Mailer


En El Evangelio según el Hijo, Norman Mailer muestra a un Jesús de Nazaret capaz de sentir remordimientos y dudas; impetuoso y vulnerable: profundamente humano ante su destino.
(Razón y desencanto)