Caminábamos esta tarde por el paseo marítimo de Sangenjo cuando Pablo decidió entrar en una cafetería. Junto a la barra vimos a una joven camarera ensimismada en las páginas de un libro. Nos atendió con amabilidad, pero se percibía que aún respiraba la atmósfera del libro que estaba esperándole, abierto, a escasos metros, y al que volvía de inmediato, arrastrada por esa incomparable pasión de la lectura.

Hemos comido maravillosamente. La calidad se aprecia en los rostros de la mamá y el niño:
