lunes, 31 de mayo de 2010

Soledad sonora

Mi hermana Alicia ha encontrado una carpeta mía llena de recortes y papeles. Entre ellos, el texto que leí en la presentación de Soledad sonora:

He tenido la suerte de trabajar con muchos compositores sus propias obras. Ese es uno de los mayores atractivos de la música contemporánea. Pedro Aizpurua es, sin duda, un caso especial por muchas razones. Especial porque no tengo memoria de mí mismo sin que pueda recordar, de alguna manera, su presencia. En Medina de Rioseco, siendo aún niño, le escuché, justo a su lado, tocar en el órgano de Santa María. Le escuchaba, como digo, esas músicas que podían ser de Cabezón, de Correa de Arauxo, de Cabanilles. En ese mismo instrumento habían tocado mi bisabuelo, mi abuelo Pablo y sus hermanos, y era casi una obligación familiar quererlo y tocarlo. Y en él comenzaba yo, más que a tocar, a solfear con los dedos. Pues bien, allí estaba Pedro Aizpurua, que por entonces era director del Conservatorio de Valladolid, un cargo que a mí, en aquellos años, como niño fascinado por la música, me parecía mucho más importante que el de presidente de los Estados Unidos.
Pedro me examinó muchas veces en el Conservatorio, algunas de ellas con Ángeles Porres, así que verlos juntos, sentados como ahora, detrás de una mesa, me predispone a cierto nerviosismo, como el que suscitaba la visión de los retratos de Schubert y Wagner que te recibían en el Conservatorio, cuando estaba en el Hospital Viejo. Había rincones del edificio que resultaban siniestros, sobre todo en la época invernal. Miguel Frechilla, antes de alguna clase de música de cámara, me señaló uno de ellos, diciéndome con un gesto de terror: "Mira, Diego, este lateral es idéntico al de la casa de Psicosis." Frechilla era, de natural, exagerado, pero en la temporada de exámenes parecía que su descripción se ajustaba minuciosamente a la realidad.
Dice Agustín González Acilu que la primera acción del tiempo consiste en ablandar. En esa conversación se refería a la agresividad mayor o menor de diversos procedimientos musicales, aunque también sirve para el recuerdo en general. Hoy no puedo ver ese edificio sin sentir cierta melancolía, no por el edificio mismo, sino por todo lo que allí vivimos, las personas que estaban y ya se han jubilado, o las personas que estaban y ya no están en ninguna parte.
Miguel Frechilla me mostró la primera partitura con notación no convencional que vi en mi vida. Era 2 F-Z, de Aizpurua, basada en un estudio fonológico de los nombres Frechilla y Zuloaga, el dúo pianístico al que está dedicada, y que interpretaron en numerosos países, de Rusia a los Estados Unidos. Cuando ingresé en la Real Academia de Bellas Artes de Valladolid, decidí que el tema de mi discurso sería la creación musical contemporánea, centrada en la obra de Pedro Aizpurua, sin olvidarme de su trabajo docente. Pedro es un maestro de espíritu socrático. En sus clases nunca pudimos observar el absurdo dogmatismo que suele maquillar el desconocimiento de quien lo practica con abundante insistencia. Esa rigidez conceptual oculta inseguridad y, en muchas ocasiones, pura y simple ineptitud: miedo a profundizar, a moverse por terrenos que no son fácilmente demostrables, por razonamientos que no conducen a certezas absolutas. Dentro del máximo rigor técnico en lo que debe tenerlo, las clases de Pedro estaban presididas por un sano y profundo aire de libertad, que beneficia -tanto como perjudica lo contrario- la formación y la propia independencia del alumno. Para Aizpurua, la música posee un mensaje maravilloso, y no comprende a quienes lo utilizan como podio para obtener beneficios particulares. Lo dice tras haberlo puesto en práctica a lo largo de toda su vida, pues hay quien afirma poseer estos valores, sin duda escasos, para esconder un desmesurado y neurótico deseo de protagonismo.
Una personalidad con estas cualidades es perjudicial para la difusión de sus obras, pues no puede -ni siquiera lo intenta- traspasar el denso y desmesurado tejido mercantil que condiciona las directrices de los organismos encargados de la difusión cultural. Si observamos quiénes son los autores más interpretados actualmente, comprobaremos, entre muchas más, dos cosas: la primera es que incluso los más difundidos, lo son muy poco y, la segunda, que algunos de tos que pasarán a la historia de la música de nuestro país, están reducidos casi al ostracismo y, por el contrario, varios de los que representan a España en festivales, conciertos y ciclos monográficos, carecen de conocimientos musicales serios, que suplen con una cínica retórica, convirtiendo en objeto de más interés los comentarios a una obra que la propia obra en sí misma. Al margen de todo esto, Aizpurua es un creador que camina siempre hacia adelante. Lo que está hecho le sirve como punto de partida. En sus "Divagaciones sobre una Cantata", Pedro afirma que "el hecho creador emerge misterioso desde el subsuelo humano y del inconsciente, para posteriormente intentar ordenarlo de manera racional. No menos misterioso resulta por parte del oyente, cuya escucha recorre el camino inverso".
Ese misterioso proceso que relataba Aizpurua podemos encontrarlo en unas palabras de Martin Heidegger: "El artista es el origen de la obra. La obra es el origen del artista. Ninguno puede ser sin el otro. Pero ninguno de los dos soporta al otro por separado. El artista y la obra son en sí mismos y recíprocamente por medio de un tercero que viene a ser lo primero, aquello donde el artista y la obra reciben sus nombres: el arte".
Este disco contiene toda la obra para piano de Aizpurua, y es una muestra de su estética y su escritura como objetivación de la corriente que fluye desde ese subsuelo humano que él menciona. Se trata de un compositor sin prejuicios, libre, de inagotable curiosidad y que tiene detrás el conocimiento de la historia que no puede olvidarse ni, mucho menos, despreciarse. Por ello, hay en Resonancias y Clusteriana Didakus una base de antífonas gregorianas, a la vez que en el Homenaje musical al silencio hay una síntesis de elementos característicos que abarcan desde el canto gregoriano a la electroacústica. Eso lo integra a su lenguaje de un modo coherente: la música de Pedro es muy personal, inconfundible, a través de la organización y la estructura, un sentido formal en el que incorpora, sorprendentemente, incluso el silencio prolongado.
Un disco no es sólo un soporte del sonido, es también un objeto. Por tanto, cuando pensamos en su diseño, no dudamos en que estuviera a cargo de Jesús Capa. Primero, porque es un pintor excelente; después, porque está ligado a la obra de Aizpurua, ya que siempre que he tocado el Homenaje musical al silencio, ha sido con la compañía de cuatro de sus obras en el escenario. Y ha influido en el resultado final de la grabación de esta obra, por lo siguiente: el efecto que Aizpurua quería conseguir con los silencios hacían que éstos variasen de duración entre la interpretación en directo y la grabada. Era necesario menos tiempo en la versión discográfica y no solamente porque no se estuviera en un lugar público, viendo a un pianista permanecer en silencio; también se debe, en mi opinión, a la ausencia de los cuadros de Capa, a su conmovedora serenidad que acortaba el silencio a través de la mirada. Gracias, por tanto, a Jesús Capa. Gracias a Several Records y a Armando Fernández por la alegría de la grabación, gracias a Caja España por la generosa hospitalidad de siempre.
Quiero dar las gracias a Ángeles Porres. Angelines es el músico profesional que, en España, ocupa el más importante cargo estrictamente político. Y el problema que tiene en los agradecimientos es el de ser concejal y teniente de alcalde del Ayuntamiento de Valladolid, porque todo lo que yo diga puede ser interpretado como un gesto de vulgar adulación. Pero yo quería a Angelines antes de que ocupara un cargo público, y la seguiré queriendo cuando deje de ejercerlo. Ella ha sido la impulsora de este disco, la que lo ha alentado desde el primer momento. Me gusta pensar que este disco es de los tres. Para que hoy estemos celebrando esta presentación han sido imprescindibles Pedro y Angelines, el pianista, sin embargo, podría haber sido otro.
Por último, gracias a Pedro por su música, por su amistad: ambas se mezclan en este disco. Ha sido para mí verdaderamente emocionante poder grabarlo y entrar una vez más en estas músicas, en la belleza de todo aquello que no puede permanecer en silencio porque el arte surge de una necesidad interior, como escribió Kandinsky, y esa necesidad es, en su esencia, irrefrenable. Un acto maravilloso que es una muestra de amor y de consuelo.

6 comentarios:

Mita dijo...

Gracias a ti por todo este texto tan limpio y hermoso. Por la información y por regalarlos "tu mundo".
Voy a buscar el disco.
Besos

Vicente Torres dijo...

Este texto de hoy lo leeré más de una vez, no por lo que tiene de emotivo, que también, sino por lo que tiene de instructivo. Eso de ser profesor a la manera socrática no es muy frecuente.
Saludos,

Pablo Siana dijo...

No me canso de leerte ni escucharte... Gracias Diego

Merche Pallarés dijo...

Bello homenaje a tus maestros, especialmente a Pedro Aizpurúa y muy interesante tu disertación. Besotes, M.

Fet dijo...

Voy a tener el feo detalle de ponerle un pero a un texto magistral y emotivo, los que no están en ninguna parte sí están en nuestra memoria y en nuestros corazones.

Nicolás dijo...

En nuestra profesión que te recuerden así, de esa manera es la mejor huella que podemos dejar.