viernes, 15 de junio de 2007

La melancolía de los inocentes


“La injusticia no es difícil de soportar cuando son otros quienes la sufren. Uno asume enseguida el dolor que no experimenta”. Este es el comienzo de La melancolía de los inocentes, una novela de Jean-Pierre Milovanoff, donde la memoria no sólo sirve como soporte de la narración, sino que le presta su auténtico sentido. Victorin Jouve recuerda la historia de su familia, llena de personajes peculiares y algunas ausencias que nunca dejarán de obsesionarle: “Le digo esto para que comprenda cómo soy y para que no concluya demasiado rápido que uno se acostumbra a la ausencia. Uno jamás se acostumbra a ella. Se soporta como se puede, lo cual es muy distinto. La hacemos nuestra, la incorporamos a nuestras vidas, dejamos que nos habite, que nos ocupe. Se vela y duerme con ella. Si logras olvidarla gracias a los calmantes, al despertar, resurge con fuerza renovada. Tan pronto hace el vacío en nuestros cerebros impidiéndonos reaccionar como nos transporta a un paraíso enlutado, sustraído a la vida, más insaciable que el otro”.
(El ausente lo modifica todo, se convierte en la referencia que mide los actos más comunes y los sucesos extraordinarios. Mi padre se proyecta sobre mí con una intensidad superior a cuando estaba vivo, de una forma consciente y absoluta. El amor de quien ha muerto no deja de crecer, se fermenta y consume, despojado de vanos adornos que limitan y mienten.)
Victorin Jouve vuelve constantemente a su pasado, y pese a saber que no es posible hacer ese trayecto sin cambiar nada, intenta ser riguroso con la verdad, para no cometer ninguna traición con una familia que no tendrá continuidad tras él.
(Razón y desencanto)

3 comentarios:

Nuria. dijo...

Diego, me gustaría hablar un dia contigo.

un bso!

Pelicano dijo...

El día que Echezarreta lea este artículo, yo me cortos las pelotas y las tiro al rio Pisuerga en pro del reciclaje!!!!

Diego Fernández Magdaleno dijo...

Querida Nuria: cuando quieras. El lunes por la tarde estaré en el conservatorio. Si puedes, allí nos vemos.
Un beso,
Diego