martes, 29 de mayo de 2007

Cien años de soledad


En Cien años de soledad, como un hecho vivido o intensamente deseado, para interrumpir a mi padre con su lectura: “Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.”
(Razón y desencanto)

sábado, 26 de mayo de 2007

Londres, según Virginia Woolf


“Quien no conozca a un auténtico cockney, quien no pueda alejarse de las tiendas y los teatros para torcer por una callejuela lateral y llamar a la puerta de una casa particular, no puede jactarse de conocer Londres”. Así comienza el primero de los textos reunidos en Londres, de Virginia Woolf, donde nos lleva al auténtico interior de la ciudad, porque para comprenderla realmente, “no tan sólo como bello espectáculo, mercado, tribunal y hervidero de industriosa actividad, sino como lugar donde la gente se conoce, habla, ríe, se casa, muere, pinta, escribe, actúa, gobierna y legisla, resultaba esencial conocer a la señora Crowe. Era en su salón donde los innumerables fragmentos de la vasta metrópoli parecían confluir en un todo vivaz, comprensible, divertido y agradable. Viajeros ausentes durante años, hombres maltrechos y curtidos recién llegados de la India o de África, de largos viajes y aventuras entre tigres y salvajes, acudían derechos a la casita en la callejuela tranquila para sumirse sin demora en el corazón de la civilización. Pero ni tan siquiera Londres podía mantener con vida para siempre a la señora Crowe. Cierto día, la señora Crowe ya no se sentó en su sillón junto al fuego al dar las cinco, María dejó de abrir la puerta y el señor Graham desapareció de su puesto junto a la vitrina. La señora Crowe ha muerto, y Londres, aunque sigue existiendo, nunca será igual”. Desde allí, Virginia Woolf nos lleva a la desolación de los muelles, a la descarga de productos y las sorpresas que esconden, para encontrarlo, ya transformado, en Oxford Street, dispuesto a ser adquirido por un precio asequible. La calle nos recuerda “que la vida es lucha, que toda edificación es perecedera, que toda exhibición es vanidad”. Según la escritora, “el encanto del Londres moderno consiste en que no ha sido construido para durar, ha sido construido para pasar”, aunque hay casas que encierran más claves de las personas que han vivido en ellas que las propias biografías, como las de Carlyle y Keats, que Virginia Woolf retrata prodigiosamente, al igual que Saint Paul, la abadía de Westminster o Saint Clement Dane, el poder de esos espacios y su valor simbólico. El recorrido finaliza en la Cámara de los Comunes, con la mediocridad de los políticos, en los que echa de menos las deslumbrantes personalidades de otros tiempos, junto a un esbozo del aprecio escaso por la democracia que sentía: “Esperemos que la democracia llegue, pero que llegue dentro de cien años, cuando estemos ya bajo la hierba”.
(Razón y desencanto)

domingo, 13 de mayo de 2007

Cuadrado blanco sobre fondo blanco


El Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Kasimir Malevich está fechado en 1918, sólo doce años después que el Retrato de un miembro de la familia del artista. Es un avance arrollador. A Pedro Aizpurua le fascina el Cuadrado blanco sobre fondo blanco, lo considera un punto inflexión en la pintura: es sólo pintura. El título es una obviedad, como lo es en la figuración, salvo para situar lo representado en un contexto histórico o pretendidamente ético. No lo es, sin embargo, en obras como Manchas de sol en la terraza, de Maurice Denis. El título es casi imprescindible. Denis afirmó que “un cuadro, antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o cualquier otra anécdota, es una superficie plana con una serie de colores organizados según cierto orden”. Pero, ¿por qué cuesta tanto entender esto? Supongo que muchos no se sienten cómodos sin elementos comparativos, algo que no es exclusivo de las artes plásticas, puesto que también sucede en la música o en la literatura. Se quieren aferrar a un contenido ideológico o programático y, así, reducen el conocimiento a una visión estrecha y complaciente.

jueves, 3 de mayo de 2007

Carmen Bravo

Recuerdo una conversación con Carmen Bravo, la viuda de Mompou. Fue en Barcelona. Carmen asistió a un concierto mío y, antes de que comenzase, estuvimos hablando junto a Josep Soler. Me preguntó si estaba tocando alguna obra de su marido. Efectivamente, estaba trabajando en esos meses la Música callada. Después, se interesó por las obras de Mompou que se encontraban en los programas del Conservatorio de Valladolid. Sentía la necesidad de custodiar y difundir el legado de Mompou.
Carmen ha muerto hace unos días.