domingo, 6 de enero de 2013

Cuento de Navidad


Antes de salir, volvió a leer unas palabras escritas para la presentación del libro de un amigo: cada día de nuestra vida tiene una luz que viene del pasado. Buscaba esa luz, no la sentida por Fray Luis de León al escuchar a Francisco de Salinas en su maravillosa oda, sino una luz madura y diferente: la luz usada que envuelve la memoria de los ojos y empuja hasta este mismo instante aquellas emociones que se daban por perdidas o, más aún, de las que no había el menor rastro consciente, y traen aromas y paisajes olvidados.
En los días de Navidad recorría las calles de Medina de Rioseco y notaba la ternura de esa luz interior posándose en las palabras y en la piedra, en los cercanos campos y en los cuerpos. Pensó que, por mucho que viviera, moriría muy ponto; que la ambición y el miedo son máscaras para ocultar la soledad y la intemperie de la muerte; que la ruindad y la injusticia no pueden convertir en llanto y miseria, en dolor y desprecio, la ayuda entre esas vidas que se encuentran y caminan hacia la penumbra de un final visible desde siempre.
Y por ello le asombraba que esa transformación sufrida por las personas durante la Navidad no fuera permanente; que el delirio fuera la expresión de un espíritu fraterno, cuando el delirio era, al menos para él, la certeza de un feroz egoísmo que se pretendía infinito e incuestionable. En Navidad podía manifestarlo sin parecer ingenuo, aunque con ese agotamiento que nombraba Pessoa: “cansa sentir cuando se piensa”. Cualquier rincón de Medina de Rioseco, por irrelevante que pareciese, despertaba un recuerdo en él: esa voz escondida que señala el espacio donde descansa todo lo que no ha muerto pero ya se ha perdido. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 6 de enero de 2013)