jueves, 30 de septiembre de 2010

Carancho

En Carancho todo es sórdido: el hospital, las calles, las oficinas y, muy especialmente, la propia existencia de quienes nos muestran su angustia y sufrimiento.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Ramón


He escuchado la voz de Ramón Barce, grabada en uno de los congresos sobre música contemporánea que organicé en Valladolid hace varios años.
Qué sencillo era marcar su número de teléfono y tener a Ramón al otro lado, siempre ingenioso y brillante, con las palabras precisas y una bondad que ahora recuerdo, como cada día desde que murió. Qué maravilla tenerle cerca, sentir la amistad auténtica de un hombre irrepetible, generoso y sabio sin límites ni petulancia.
Cada vez que tocaba su música allí estaba Ramón, en las primeras filas; allí estaba Ramón, sin excusas jamás, en La Coruña, en Barcelona, en Córdoba, en Valladolid... allí estaba con su inseparable Elena, con su inolvidable sonrisa, con las frases exactas y esos silencios tan suyos, tan elocuentes. Porque Ramón, a diferencia de la mayoría, pensaba antes de hablar, se tomaba muy en serio las palabras y a sus interlocutores.
Recuerdo nuestras conversaciones mientras disfrutábamos de una comida que él tardaba tiempo y tiempo en elegir. Leía la carta y analizaba los nombres de los platos, riéndose ante las denominaciones más o menos extravagantes... y seguía indeciso, hasta que Elena -compañera y médico- lo resolvía.
Comentaba una idea de Schönberg y, acto seguido, contaba un chiste o hacía una broma. Cuánto nos reíamos juntos... Una vez, en la Rambla, me dijo entre carcajadas: "Oye, no bebas más que se te está poniendo la cara borrosa".
Qué pena su muerte, qué inagotable vacío desde ese día de 2008 que nos dejó sin él.

jueves, 23 de septiembre de 2010

martes, 21 de septiembre de 2010

El huerto deseado

Conocí a Tomás Rodríguez Reyes gracias a Trópico de la mancha, el blog de un verdadero apasionado de la literatura.
He leído hoy su primer libro de poemas: El huerto deseado.

"Cuanto fuera posible / en un instante cabe, / como cabe la vida / en el verbo decir."

miércoles, 15 de septiembre de 2010

León




















Ayer fui con Luis García Vegas a León para unos asuntos relacionados con el Ciclo Chopin-Schumann, y pudimos recorrer un buen número de las maravillas que acoge esta ciudad.
Por último, asistimos al concierto de Edward Wolanin, excelente pianista que ofreció un monográfico de Chopin. En la sala conocí personalmente a Raquel del Val, después de mucho tiempo de conexión cibernética.

domingo, 12 de septiembre de 2010

domingo, 5 de septiembre de 2010

Educación



El absurdo al que se ha llegado en el ámbito educativo tiene difícil superación... pero diariamente se supera. Una persona por la que siento un gran cariño me dijo hace poco, en síntesis, lo siguiente: no permitir que un alumno lleve en clase una camiseta con la imagen de Nacho Vidal desnudo, ni dejar que se siente en la banqueta del piano con los pantalones a la altura de la rodilla, supone "coartar su libertad". Me quedé atónito. Ella es una mujer que educa a sus hijos, les enseña a comportarse -¿no coarta su libertad cada vez que impide su actuación "espontánea" ante otras personas?- y, por si fuera poco, me encontraría muy tranquilo si mi hijo viviera con ella. Sé que estaría en las mejores manos. Entonces, ¿por qué esa contradicción?
Convertir a niños y adolescentes en caprichosos individuos cuya única obligación es "pasárselo bien" y hacer lo que les venga en gana es un gigantesco error que los incapacita para vivir en una sociedad respetuosa, porque sólo el respeto articula y hace habitable una comunidad de seres humanos realmente libres. Un adolescente ha de saber que no puede comportarse igual cuando se divierte con sus amigos que cuando está dentro del aula y también ha de saber que todos interactuamos con todos, por tanto, de la misma forma que tiene derechos, también tiene deberes. Convertir la escuela y el instituto en un remedo de Los mundos de Yupi es el peor sistema para que lleguen a ser verdaderos ciudadanos. Un estrepitoso fracaso les espera en cuanto se enfrenten al mundo y comprueben que no es lo mismo hacer las cosas mal o bien, que ya los padres no sirven como abogados permanentes que los eximen de toda responsabilidad. (Javier Urra contaba el caso de un adolescente que, al escuchar cómo el juez le condenaba a ser internado en un centro especial, le respondió: "Sí, porque tú lo digas". La existencia de unas normas -que él debía cumplir- le resultaba sencillamente inconcebible)
No debemos olvidar que esto se extiende -y es lo más grave- a los propios contenidos y criterios evaluadores del sistema de educación, ya que forma parte del mismo problema. ¿Cómo puede asombrarnos que las universidades españolas estén tan escasamente valoradas en comparación con las de numerosos países, si nos hemos regido por leyes que señalaban, por ejemplo, barbaridades como que "a partir de la aplicación de la ley, el error no será considerado ya como un defecto, sino como la expresión auténtica del dinamismo subyacente del alumno"? Eso es, para los estudiantes y para el conjunto de la sociedad, un colosal fraude. Y lo es, sobre todo, para quienes disponen de menos recursos, ya que su progreso se ha de basar en el mérito. Quien no tiene posibilidades para desarrollarse gracias al patrimonio o influencia de su familia, quien ha de estudiar en la universidad más próxima a su domicilio porque sus padres no disfrutan de posibilidades económicas, está siendo engañado por aquéllos que debieran protegerlo y, sin embargo, le instan a que dirija su vida por medio de impulsos y antojos, sin advertirle de que esa actitud le dejará indefenso y vulnerable.
¿Cómo hemos llegado a esto? Es muy difícil dar una respuesta. Creo que se debe a múltiples factores pero, a mi modo de ver, la falta de arrojo para denunciar y corregir esta lamentable deriva se sustenta en un miedo: dar la impresión de tener un criterio trasnochado o retrógrado. Conozco a quienes prefieren aparecer como cualquier cosa imaginable a ser calificadas, aunque sea sin ningún fundamento, como reaccionarias. Y lo peor de todo es que no hay nada más reaccionario que limitar las posibilidades de los que menos tienen y, por consiguiente, más necesitan de una infraestructura pública, sólida y eficaz.